viernes, 6 de julio de 2018

El diario de Mirella: Día 26 (sábado)



Era sábado. Era el gran día.
Estaba en la florería. El dinero de mis propinas sólo me sirvió para comprar una rosa de color azul y una pequeña cajita con tres chocolates caseros que me los vendió una señora. Me sentí deprimida. No era los regalos que quería darle a la chica más hermosa que he visto. Un ramo de rosas y una caja de doce bombones era lo mínimo que podría categorizar como presentable.
Es difícil estar enamorada y no tener dinero para obsequiar a la chica de tus sueños.
Rosa dijo que llegaría cerca de las 3 de la tarde, sólo faltaba cinco minutos.
Caminé hasta el parque con las manos nerviosas y sudorosas, sentía que la rosa y la pequeña caja de chocolates se me resbalaban. ¿Qué le iba a decir? No había pensado cómo declararme, sólo pensé en los presentes.
«—¡Ay, Mirella!, qué tonta eres -pensé»
Palabras, ¡Qué palabras le diría! ¿Un poema? No, se me hace muy memorista y eso no sería lo ideal. Podría decir lo que piense y como me salga, aun teniendo en alternativa de cometer algún error tonto.
Llegué al parque y allí estaba Rosa con un vestido rosado, que se veía más niña de lo que era. Y yo estaba con las manos en la espalda, no quería que vea mi solitaria rosa y mis insípidos chocolates hasta que me haya declarado.
Ella me vio desde su asiento y yo estaba que moría de nervios, hasta que llegué hasta donde estaba ella. Me miró curiosa porque mis manos estaban en mi espalda en todo momento, ocultando mis objetos de declaración.
—Qué tienes allí, Mirella —dijo Rosa, mirándome curiosa y tratando de ver en mi espalda.
Yo hice un rápido movimiento de manos para colocar los obsequios delante de ella.
—¡Me gustas, me gustas mucho!¡Sé mi enamorada, por favor! —Le grité mientras le mostraba la caja de chocolates y la rosa.
Ella se quedó impresionada, me miró a los ojos por unos segundos, y después desvió la mirada de mí y mis presentes.
—No puedo, ya te dije que Magaly es mi amiga y ella tiene sentimientos por ti —contestó.
No, Magaly, no iba hacer de nuevo esa mancha molesta que opaca nuestra felicidad. Ella tenía a alguien a quién querer o por lo menos no estaba sola.
La miré con determinación a Rosa. Yo no iba a irme hasta que me acepte. Nuestros sentimientos eran mutuos, no teníamos porqué sacrificar nuestra felicidad por los demás.
—Ella está saliendo con Laura, la patrona. Las vi en el baño hace algunos días —dije.
Rosa estaba impresionada, dudosa. Le tomé de las manos. Le entregué la caja de chocolate y la rosa.
—No lo sé, Mirella. Es decir, ya me había hecho a la idea que serías sólo mi amiga.
Me mordí los labios.
Yo no quería ser sólo la amiga, sino su amante, su compañera de aventuras.
—¿Qué sientes por mí, Rosa?
Ella se sonrojó y desvió la mirada, murmuró muy bajo.
—Te quiero, mucho. No sé si sea amor o no, pero siento que te quiero de una forma diferente a la que quiero mis otras amigas.
Me armé de valor y la besé, en el parque, sin importarme que alguien nos viera. Sólo éramos yo y ella, nuestras declaraciones y nuestros sentimientos.
—Yo siento que te amo, Rosa. No sé si desde el primer día, pero fue imposible no sentirme así contigo.
Ella tomó los chocolates, la rosa y mi mano. Nos sentamos en el banco del parque. Estaba callada, comió dos chocolates y yo uno, en todo momento estaba nerviosa, esperando una respuesta.
—Sí —susurró cuando terminó su último bocado.
No podría describir la felicidad que sentí al verme aceptada. La besé de nuevo, esta vez sintiendo adrenalina y felicidad. Nunca he consumido bebidas alcohólicas, pero podría estar segura que esto era mucho mejor que todas esas drogas.
La besé varias veces y la abracé en el parque, hablamos de nosotras, de nuestros gustos. No había nadie más en nuestra conversación. Era Rosa y yo, sólo las dos, sin terceros que malogren nuestro momento.
Rosa era oficialmente mi enamorada desde ese día. Y yo no pude dormir esa noche de la felicidad de saber que ella era mi pareja.

El diario de Mirella: Día 23 (miércoles)



Ya no tenía dudas en decirle a Rosa de mis sentimientos y todo lo que provocaba en mí. No había razón para que ella se preocupe por Magaly porque estaba teniendo una relación, o lo que fuera, con Laura «La patrona».
Magaly desde ayer dejó de ser la molesta piedra del zapato, la que estaba entre Rosa y yo, quién no dejaba que nuestros sentimientos fluyan e instalaba un sabor amargo en nuestros acercamientos.
No, Magaly ya no era eso.
Respiré hondo y, por primera vez después de mucho tiempo, estaba feliz, muy feliz, como si hubiera acabado con una carga pesada. Sentía que cualquier problema no traería abajo mi ánimo, y es que estaba pensando en una manera, algo romántico e infalible, para que Rosa deje de ser una amiga a ser mi chica.
Me sonrojé.
Para que el momento de la declaración sea mágico e inolvidable, tenía que pensar en rosas, tal vez chocolate, pero cuando pensaba que mi presupuesto para el momento no tenía suficiente dinero, aún no recibía la propia de fin de mes.
Tal vez una carta y sólo una rosa, siempre fueron buenas amigas del romanticismo, y esperaba que fuera mis mejores armas de conquista para el día sábado.
El día que por fin le diría a Rosa para que sea mi novia.   

El diario de Mirella: Día 22 (martes)


La mejor forma de evitar presentar una tarea, era decir que estaba enferma o ir al baño y tardarme mucho en volver. En mi caso, era más conveniente el ir al baño, la táctica de la enfermería ya había hizo usada por otro estudiante de mi salón en ese día en el curso de matemática.
Magaly no había entrado a esa clase y me sentí muy agradecida de no verla.
Aún tenía unos minutos para estar encerrada en el baño. La campaña no sonaba y todavía faltaba cerca de una hora para el receso.
Desde adentro del baño se escucha mucho ruido afuera, como si dos chicas estuvieran discutiendo. Yo me encerré en uno de los cubículos, la posibilidad que entren al baño para arreglar sus diferencias a golpes era alta.
Desde mi escondite vi a Laura 'la patrona', la líder de uno de los grupos de chicas buscapleitos de grados superiores, y estaba arrastrando a otra chica al baño, una mucho más pequeña que ella y de grado inferior.
Era Magaly quién Laura empujada.
Sentí, por primera vez, compasión por ella. Nadie merece despertar los insanos deseo de Laura, sus deseo de golpear hasta dejarte sangrando.
Laura acorraló a Magaly en la pared del baño. Magaly en todo momento tenía una actitud sumisa y relajada, como si supiera lo que Laura haría.
—Te extrañaba, preciosa —dijo Laura.
Laura besó a Magaly, y esta no puso residencia.
Los besos de Laura se veía que era de una mujer experimentada. Magaly correspondía con dificultad.
Laura no sólo besaba sino tocaba. Tocaba por debajo de la ropa los senos de Magaly, en forma circular. Laura estaba jugando con los pechos hasta que se aburrió de su propio juego. Removió la ropa y dejó los senos fuera del brasier de encaje rosado de Magaly.
Laura besó los senos de Magaly, y mordió el pezón, con cierta fuerza sin llegar a lastimarla. Magaly tenía sus ojos vidriosos.
Laura le quitó el resto de ropa, la dejó desnuda y a su merced. Magaly están acorralada en la pared, esperando que Laura termine de jugar con ella.
Laura sacó de su mochila varios juguetes sexuales. Yo estaba abochornada. No quería mirar su acto sexual, pero era imposible no escucharlas cuando estaba escondida a unos metros de ellas. 
—¿Cuál quieres? —preguntó Laura.
Magaly parecía estar meditando.
—El consolador —respondió Magaly.
—¿Cuál de los dos?
—El que tiene arnés.
Laura parecía estar complacida.
Escuché el leve sollozo de Magaly y las fuertes embestidas de Laura con el juguete.
Miré por la puerta entreabierta de mi cubículo como Magaly era penetrada por Laura, que usando el juguete que era como un cinturón con un pene de dimensiones promedio. Laura no dejaba de mamar de los pechos de Magaly.
Era una imagen perturbadora  y excitante. Nunca había estado con nadie de esa forma íntima y ni siquiera había pensado en estarlo hasta que llegó Rosa, y al mismo tiempo Magaly.
Magaly fue mi primer acercamiento sexual, aunque yo no lo provoqué, así que era un poco difícil mirarla estando con otra mujer, cuando hace pocas semanas me incitó a tocarla.
Suspiré.
Magaly podría verme incitado por su propio placer y ahora lo había obtenido de Laura, que al parecer disfrutaba mucho del cuerpo de Magaly. Yo sólo tenía sentimientos por Rosa, pero esa inquietud que me provocaba ver a Magaly en los brazos de otra era asfixiante.
Laura dejó deslizarse a Magaly por la pared, esta se notaba satisfecha por las expresiones de placer de Magaly. Guardó el arnés consolador y sacó otro juguete. Un juguete que sorprendió a Magaly y a mí. El juguete era un cinturón con un pene, pero no era para penetrar sino para ser penetrada.
Me sonroje.
Laura colocó el cinturón a Magaly, haciendo que el pene entrará en ella. Magaly hizo un gesto de incomodidad, pero no se negó. El cinturón tenía una llave que Laura guardó después de asegurarse que el juguete estaba bien colocado en Magaly.
—Te veo en la salida, preciosa —dijo Laura.
Laura se despidió de Magaly besando sus labios, y después cada uno de sus senos.
Magaly estaba sola y yo no sabía si era prudente salir o no. Ella estaba desnuda con el consolador en su interior y estaba por recoger su ropa, arreglarse para salir del baño.
—¿Así que ella es tu novia? —pregunté
Algo en mí se removió cuando pensé que Magaly se iría sin saber que estaba allí, una parte de mi orgullo estaba herido.
Magaly volteo a verte horrorizada, como si hubiera visto un fantasma en el baño. Aún sus pechos estaban al aire y vi que estos se ponían duros, tal vez por el frío.
—¿Tú? —preguntó Magaly, desconcertada.
Miré a Magaly y sentí que había cometido un error al mostrarme. La vida sexual de Magaly sólo le compete a ella y a Laura, no a mí, por mucho que Magaly me hubiera usado hace pocos días.
—No es mi novia —contestó—. Sólo me toca cuando quiere.
No entendí a qué se refería.
Magaly se acercó aún desnuda a mí. Me avergoncé al verla así. Ella agarró mis manos entre las suyas, me hizo tocarle los senos como lo había hecho Laura, sentí su pulso ser más rápido.
—Tus manos se siente cálidas —dijo.
Magaly se apartó y comenzó a vestirse. Estaba avergonzada, era momento de volver a clases.   

El diario de Mirella: Día 20 (sábado)



Rosa estaba deslumbrante, con un vestido floreado muy femenino y juvenil, su busto resaltaba mucho.
Era inevitable no comparar el tamaño de sus pechos con los de Magaly. Y Magaly tenía razón, sus senos eran más grandes que los de Rosa, pero aun así me parecieron perfectos. Rosa no era un cuerpo hermoso, sino ella era una persona hermosa, amable y estaba enamorado de ella.
Rosa escogió el sabor de su helado, vainilla con chispitas de chocolate; el mío era chocolate. Comimos y reímos al hablar de nuestra vida antes de conocernos.
Hablé de las ocurrencias de Marcos, de nuestras travesurillas inocentes. Era difícil hablar de hechos donde Rosa no estaba.
Me estremecí al pensar que en ese poco tiempo ella había hecho un antes y después en mi vida. Que era diferencia todo ahora cuando la conocía. Rosa tiene un poder tenebroso para hacer que todo mi mundo gire por ella, me da miedo que nunca acepte mis sentimientos.
Ella hablaba de su familia, de su madre y padre. Su única familia. Ambos profesionales que le dedican mucho tiempo a sus trabajos, a tal punto que la dejaban con su tía materna. Ella no lo veía mal, porque decía que era por su educación.
Rosa eres muy amable y condescendiente.
Tomé la mano de Rosa. Ella no apartó mis manos de las suyas, sino que las estrujo. Era el silencio apoyo que ella necesitaba y yo se lo estaba dando.
Sólo esperaba que el día lunes, cuando regresemos a clases, ella no me aparte, que me ignore y sienta su rechazo como una acción implantada desde que Magaly llegó a nuestras vidas.    

miércoles, 2 de mayo de 2018

El diario de Mirella: día 15 (lunes)


Tomar la iniciativa en algo no era la mío, yo esperaba el avance de la otra parte y ver si me convenía o no seguir, en caso de que no huía lo más pronto posible, pero no podía hacer eso con Rosa. No, ella era diferente, la sentía diferente al resto de chicas del colegio.
Rosa estaba sentada leyendo, al parecer algún manga o cómic, desde mi distancia no lo diferenciaba mucho, pero lo importante es que estaba sola.
Magaly estaba siendo entretenida por Marcos y su acostumbrado coqueteo ridículo.
—¡Hola! —dije un poco eufórica, y es que sólo hablar con ella me ponía en ese humor.
Ella sonrió y respondió el saludo más casual.
—¿Estás libre este sábado? —pregunté.
Ella parecía pensativa.
—Sí —respondió sonriendo.
—¿Vamos por unos helados? —pregunté entusiasmada.
Ella sonrió emocionada.
Helados la perdición de Rosa.
—Claro.
La felicidad estuvo conmigo todo ese día. Era mi segunda cita no oficial, por lo menos así lo categorizaba.
Lo mejor es que Rosa no me rechazó.

martes, 10 de abril de 2018

El diario de Mirella: día 12 (viernes)



Rosa se estaba alejando de mí, cada vez la veía más cercana con Magaly. Y en el fondo me ponía celosa. No creía que Magaly tenía algún interés en ella, estaba descartado, sino que ella estaba robando el tiempo de Rosa para conmigo.
Sabía que estaba siendo todo lo posible para que cualquier acercamiento íntimo con Rosa no suceda. Era esa piedra molesta en el zapato que quieres quitártela, pero no sabes dónde está, en este caso sería cómo quitarla.
Miré a Marcos y decidí incluirlo en mi nuevo plan.
Magaly quería jugar con fuego, yo iba a jugar el mismo juego que ella.
Y ganaría.  

domingo, 16 de octubre de 2016

Sabor a café. Capítulo IV. Dulce tentación


Capítulo IV: Dulce tentación

Desdoblé el pequeño papel que guardé, por casi, cinco días en mi chaqueta negra. Camila, antes de irse de la cafetería, me había anotado su número celular en ese trozo de hoja.
Miré el reloj que colgaba de la pared de la sala: eran las cinco de la tarde. Llamaría a Camila y le diría que iba a su casa a recogerla a las siete. Había planeado llevarla al cine, a ver «La entidad», la  última película de terror peruana que estaba de estreno, de allí a comer, la dejaría escoger el restaurante y después… Sonreí. La noche aún sería joven y  ella podría darme las caricias pasajeras que deseaba.
El sonido de llaves se escuchó desde afuera del departamento. Dana entró, venía con ropa holgada y cómoda, me miró minuciosa, la ropa que llevaba le indicaba que estaba próxima a salir.
―¿Una cita? ―Aunque sonó a pregunta, era una afirmación.
Disfrutaba de la comodidad, más si era en la ropa. Los ajustados jeans sólo los usaba en la calle, donde me gustaba estar presentable para coquetear con la primera chica bonita que viera.
―Sí ―contesté.
Dana hizo un gesto de desagrado. Mis citas consistían en invitar a cenar a la joven de turno y, luego, llevarla a mi departamento a tener sexo.
―Que tengas una noche placentera.
Aún no le decía a Dana de mi decisión. Le conté de Camila y de mis imprevistos encuentros con ella en la cafetería.
***
Estaba aterrada. Keila mostraba una faceta desconocida. Me mordí los labios, dudando de la decisión que tomé, tal vez no fue buena idea aconsejar a Keila de conocer a alguien y entablar una relación seria. Los ojos azules, eran distintos, en ellos había un pequeño brillo especial que, podía asegurar, la rubia todavía ignoraba. Suspiré. La palabrería de Keila sobre la cita y sus metas, a conocer más ese sentimiento ajeno le daba dolor de cabeza.   
―¿Qué piensas?, Dana ―dijo Keila, había acabado su monólogo.
―Que me duele la cabeza ―contesté, sincera.
Keila esperó unos minutos a que dejará de masajearme la frente.
―¿Eso es todo? ―preguntó Keila, desanimada.
Terminé el masaje y miré las facciones de Keila. Podría mentir y decir que era buena idea, pero comenzaba a dudar que lo fuera. En ese momento, sentí que era la menos indicada para aconsejarle, pensé que Lucero podría ayudar.
―No sé qué decir. No tengo experiencia con parejas. Tal vez, Lucero pueda decirte si vas por buen camino.
Le palmé el hombro derecho, tratando de incentivar. Keila sonrió, al parecer sentía la necesidad de hablar con Lucero.
***
Mis ojos marrones brillaban en éxtasis y sonreía presuntuosa.
Keila nunca me había preguntado cómo tenía que comenzar a cortejar a una joven, con intensiones a iniciar una relación seria.
―Algún día tenía que pasar ―dije, mirando a Dana que se encogió en su sitio.
―Sólo lo hago por mis libros ―replicó Keila, cortante.
Mi sonrisa disminuyó y mis ojos marrones dejaron de brillar, busque con la mirada a Dana, se mostraba indiferente en el asunto.
―Sólo la estás usando ―sentencié, después de unos minutos.
―Se podría decir, Lucero ―contestó Keila.
La escaneé, tratando de convencerme que ella no podría ser así de cruel, pero al ver directamente sus ojos azules, la verdad golpeó fuerte. A pesar de la incomodidad que sentí, lo atribuí a su nula experiencia en el romance, quería convencerme de ello. Y lamenté la suerte de la joven que Keila había estado hablándole.
Yo estaba el pequeño y selecto grupo de personas que dan el corazón y sólo recibe engaños, de todo tipo. No conocía a Camila, pero deseaba que no cayera en los encantos de Keila, si la joven se enamorada y al no ser correspondida, porque estaba segura que Keila no lo haría, sufriría de la misma manera que yo lo hacía, al enamorarse de la persona equivocada.
―No está bien jugar con los sentimientos de los demás ―advertí enojada.
Traté de hacerla razonar, aunque dudaba que lo lograra. Keila desde corta edad era terca, no reflexionaba, y hacía lo que quería.
Volvió a mirar a Dana, traté que sus ojos se encontraran con los míos y entender qué estaba pensando. Dana era consciente que yo no apoyaría a Keila, mis principios y conceptos de amor no me lo permitían. De Dana obtuvo un simple movimiento de hombros, restándole importancia. No insistí más.
Keila se masajeaba la frente. Tal vez, tenía un dolor de cabeza.
―Olvídalo ―dijo Keila, levantándose de allí y saliendo del departamento.
Dana se quedó en su sitio, esperando a que hablara.
 ―¿En qué pensabas al traerla? ―espeté.     
Le reclame, por traer a Keila allí sabiendo sus intenciones.
Dana no contestó, sólo me miraba. Suspiré. Después de unos minutos, decidió contarme la conversación que tuvo con Keila sobre el romance y sus problemas de escritura.
***
Tomé una pastilla para el dolor de cabeza, había sido mala idea ir a hablar con Lucero. Miré el reloj de la sala, este marcaba las seis y media de la tarde. Todavía no había llamado a Camila.
Tomé el teléfono. No importaba cuantas veces repicaba ella no contestaba. Pensé que estaba enfadada.
―Son las seis y media ―dijo Camila, al contestar la llamada.
Me mordí los labios. La voz aburrida y tranquila de Camila me inquietaba.
―Lo siento, comenzó a dolerme la cabeza ―dije ―. Llamaba para avisar que iba a recogerte.
El silencio que había al otro lado del teléfono me ponía nerviosa. Camila podría cancelar la cita y todos mis planes quedarían inconclusos.
―Si te sientes enferma podemos salir el otro sábado ―La voz de Camila sonaba preocupada. Sonreí. Me sentí disculpada.     
―No, voy allá ―contesté.
Anoté la dirección que Camila me dictó. Colgué el teléfono y tomé la chaqueta de color azul marino que me regaló Lucero por mi cumpleaños, hice un gesto de molestia con los labios al recordar el incidente en su departamento.
Reconocía que estaba actuando mal, no necesitaba que alguien más me lo dijera, pero mi imperiosa necedad de saber o tratar de creer que estaba enamorada era superior. Era un experimento nuevo que me llevaba al éxtasis, incluso por unos segundos. También era consciente que terminaría aburriéndome y allí acabaría lo que tuviera con Camila.   
***
Miré incrédula a Dana, sabía del instinto maternal que tenía hacia Keila, pero me horrorizó saber qué podía hacer por ese sentimiento. No le importaba que usara a una chica con tal que lograra su objetivo, no estaba en mis costumbres de jugar con los sentimientos de alguien en beneficio propio. 
―No puedo ―le dije a Dana, levantándome del asiento―, no está entre mis reglas. No quiero saber más.
Dana no insistió en hablar sobre el asunto. Tenía mis propias normas y ella las respetaba.
―Está bien, Lucero ―asintió Dana.
Desvié la mirada. El aire en el departamento se sentía pesado. Dana sintió que era hora de irse.
Escuché el abrir y cerrar de la puerta. Dana se fue sin decir ni una palabra más. No quería saber qué pasaría con esa joven, mientas menos se involucrara sería mejor para Dana, Keila y yo.
***
Detestaba esperar, no importaba la ocasión ni la persona. Miré aburrida el control remoto que Camila me dio, antes de regresar a su cuarto y terminar de arreglarse, no encontraba un programa interesante.
No entendí por qué demoraba en salir, sólo era ponerse la ropa y nada más, eso no demoraba más de quince minutos. Camila llevaba más de cincuenta minutos encerrada. Suspiré.
El sonido de la puerta me alertó, Camila estaba por salir. Ella apareció en la puerta de sala que conecta con el resto del pequeño departamento. Su atuendo era sexy, dejándome sin aliento y apreciando la hermosura de mujer que tenía al frente mío.
Los latidos de mi corazón comenzaron a ir en aumento, como si estuviera en una carrera, agitada, sin despegar la mirada de Camila que estaba divertida por mis reacciones. Me extasiaba de ella.
―Ya podemos irnos ―dijo Camila, sonreía encantada.
No dije nada, sólo miraba a la belleza que tenía a mi lado. Por instantes me olvidé qué me orilló a estar en esa situación.
Salimos del departamento a comenzar la cita.  
***
Estaba echada en el sofá de tres cuerpos, con la luz de la sala apagada y jugueteaba, entre mis dedos, con el pequeño consolador que usé en mi nueva compañera. Miré el rostro jovial de la mujer, que tenía los pechos al aire y los ojos cerrados. Estaba durmiendo.
A diferencia de Lucero, yo no pensaba en tener relaciones cuando tuviera pareja y guardarme hasta ese momento, pero tampoco era como Keila, que buscaba un amante diferente cada vez que podía. Me reconocía como el intermedio de ambas, sólo buscaba compañera cuando mis necesidades carnales llegaban a su límite, como esa ocasión, y sólo llevaba a mi casa una mujer que compartiera mí mismo interés: sexo ocasional, sin compromisos ni obligaciones.
Con los años había aprendido que era mejor no indagar mucho en la vida de mi amante de turno.
—Dana… —murmuró la durmiente.
Los suaves movimientos de la joven hicieron que volteara a verla, ella iba a despertar pronto. Iba a comenzar la parte más incómoda: la despedida.
Estaba acostumbrada que la otra parte buscara mimos  después del sexo. Y negaba dárselos, era dar pie a que se fuera rápido.   
La joven me miró con ojos emocionados y una sonrisa ancha se extendía en sus labios; Sólo sonreí con menos intensidad.
Al verla buscando un abrazo, opté por salir de la cama y comenzar a cambiarme. La joven desvió la mirada y, con pesar, comenzó a recoger su ropa, entendía que su tiempo conmigo había terminado.
***
Había pasatiempos que acarreaba desde la niñez, entre ellos: ir a los parques de diversiones que estaba en la playa. Mis los ojos brillaban como una niña de cinco años. Miraba los dulces con adoración, compré uno para Camila y otro para mí. 
Camila saboreaba la manzana dulce como otro infante y a mí me gustó descubrir esa faceta. Podía ser adulta y niña, era pocas las mujeres que tenían ambas esencias y más que lo demostrara. Tomé la mano de Camila, en un gesto tímido, pero ella me miró divertida por la acción.     
―¡Vamos a ese juego! ―dijo Camila, sus ojos se iluminaron.
Con horror descubrí que el juego era del tipo aéreo. Me daban miedo las alturas, de sólo pensar en sentarme y balancearme en el aire, hacía que mi cuerpo temblara. 
―Camila, después de comer los dulces ―dije, agradeció haberlos comprado.
Ella miró las bancas que estaban cerca de la atracción, tomó asiento. Estaba preocupada, Camila estaba por terminar el dulce y pronto me arrastraría al juego. 
Pensé que era mejor hablarle de mi acrofobia y así evitar todo juego aéreo. Estaba reuniendo valor para expresarlo, me costaba hablar de sus miedos a alguien que estaba conociendo. Camila tomó mis manos jalándome a mi pesadilla. Miraba asustada, estaba por decirle, pero los ojos entusiasmados de Camila me  detenían, tal vez podía soportar el miedo. 
La fila era larga, pero la espera no desanimaba a Camila, que me incentivaba diciendo: «Lo bueno se hace esperar».
Respiré hondo. Miré a las personas que ya estaban disfrutando de la «bola de fuego»; había un niño de diez años, gritando que lo bajaran por el incesante movimiento. Al verlo reuní la valentía de decirle a Camila.
―Camila, no puedo subir ―Ella me miró interesada, animándome a que continuara―. Soy acrofobia.  
Ella me mirada sin entender. Suspiré. Expliqué qué era.
―Está bien. No juegos mecánicos aéreos. ―Me sonrió y salimos de la fila.
Camila miraba emocionada los otros juegos. Se acercó a  juego tiro al blanco, había pocas personas. Ella tomó mis manos, nos encaminamos hasta allí. Aún estaba avergonzaba. Fui la primera en jugar. El pequeño peluche que gané se lo di a Camila. 
Salimos riendo de los carritos chocones. Entrelazamos nuestras manos, sentí un apretón. No importaba qué tanto deseara besarle, no podía, a diferencia de las demás parejas que demostraban su afecto. Nuestro momento estaba siendo arruinado, así que fue mi turno de jalar a Camila a otro sitio, por lo menos hasta que el número de enamorados heterosexuales disminuyera.    
Me gustaba la playa cuando estaba de noche y aproveché para llevarla a la orilla. Camila contemplaba, curiosa, el camino, respirando profundo de vez en cuando, como si quiera mantener la brisa nocturna para siempre en su interior. Yo me senté muy cerca de donde morían las olas al llegar a tierra,  extendí mis manos a Camila para que se sentara al costado mío. Sonriendo así lo hizo.
―Es hermoso ―contestó Camila al ver la inmensa luna que estaba sobre sus cabezas. 
También la contemplé, mirando extasiada. El ruido de las personas era lejano. Sólo éramos Camila y yo.  
―Me gusta venir aquí, a la playa. De vez en cuando, cuando quiero pensar o deseo estar sola ―le sonreí.
Ella apoyó su cabeza en mis hombros, y  comencé a acariciar los cabellos, haciendo un sutil masaje que comenzaba a adormecerla.
―¿Siempre estás sola? ―preguntó, adormecida, mirando al oscuro mar.
Miré al mismo punto que Camila. Respiré hondo. Camila se daba cuenta más de lo que yo mostraba o, tal vez, era demasiado expresiva. Mis problemas sólo lo sabía Dana y Lucero, las dos eran mis amigas de la niñez y siempre me daban una consejo cuando lo necesitaba. No creía poder encontrar a una mujer que pudiera decifrarme. Pero allí estaba, Camila, hablando del tema con cuidado. 
―Se supone que no ―contesté―. Dana y Lucero viven en el mismo edificio que yo, un piso más abajo. Ellas son mis amigas de la infancia y primaria.
Me mostró una sonrisa amarga. Era como si mi respuesta no era sincera.
―Tener amigos de la infancia o primaria viviendo en el mismo sitio que tú, no significa que tengas compañía.
Sabía que tenía razón. Mencionar a Dana y Lucero era un escape a la respuesta real.
―No es que siempre esté sola ―repuse, seguí mirando al mar―. Me siento sola. No importa quienes me visiten, cuando ellas se van mi departamento queda en silencio. Tan muerto como una tumba. 
Camila volteó a mirarme. De nuevo se encontró con mis fríos ojos azules, la misma mirada que el primer día en la cafetería. ―¿Por qué no encuentras una pareja?
―Porque no hay nadie que me entienda ―contesté―. Sexo lo he tenido con muchas mujeres, he perdido la cuenta, pero luego de eso, que ya han tenido lo que buscaban, no les interesa saber de mis sentimientos, sólo buscan que las escuchen, pero ellas no a mí.
Camila posó sus manos en mis cabellos, haciendo el mismo masaje que le hice en la cabeza.
―Tal vez, no has encontrado a la mujer indicada.
―Tal vez, ella no llegaba aún―dije, convencida―. Sospecho que ella ya llegó.
Por primera vez, aparté los ojos del oscuro mar y la miré, intensa. Tratando de reflejar todo lo que sentía.
***
Sonreí al escuchar sus palabras. Keila estaba revelándome su alma y sus sentimientos. Y aunque pensaba que podía ser una artimaña de la rubia, deshice el pensamiento al verla a los ojos. Por primera vez desde que la conocí, vi la sinceridad y la angustia que sentía. Era como si esa mujer toda su vida hubiera vivido sin tener la comprensión de alguien, sin sentir que es ser amada. Tal vez, así era.
Sus palabras hacían que un calor agradable se extendiera por todo mi pecho, llenándome de felicidad.
***
Hablaba asustada, siempre me caractericé por ser una persona que escucha y da sus opiniones, a veces de manera cruel y fría. Así que decirle a alguien, aparte de Dana y Lucero, lo que sentía y pensaba, era nuevo para mí. Camila estaba tomando el papel que tomé, de vez en cuando, con alguna de mis conquistas. La diferencia es que el sexo no estaba incluido. Sentí que un peso se quitaba de encima. Respiré hondo. Descarté el plan que me dijo Dana, ya no tenía necesidad de él. Un regocijo recorrió mi cuerpo, como si estuviera en una maratón. Entendí qué era.
Dana, en una conversación, me mencionó cuales son los síntomas al estar enamorándose. Los recordé al mirar los ojos de Camila, sentía esa misma electricidad atravesar mi cuerpo, tal cual como me lo dijeron.
―Tal vez ―dijo Camila, sonriéndome.
No necesité más palabras. Camila y yo nos entendíamos. Me acerqué a ella. Dispuesta a darle el nuestro primer beso.

***
Estaba nerviosa, el rostro de Keila se acercaba más y más, pero al mismo tiempo estaba emocionada. La atracción que sentí por ella iba en aumento y sus palabras sólo avivaban más mis emociones.
Cerré los ojos esperando, sentí su respiración cerca de mí, esperando sentir sus labios en los míos.
***
El rostro de Camila era iluminado por la luz de la luna, dándole una apariencia angelical. Sus ojos marrones estaban ocultos durante el beso.
Cerré los ojos al sentir muy agradable el beso, suave y lento. Por primera vez no había lujuria en mis movimientos, sólo ternura, queriendo saborear por mucho tiempo el momento.
La luz de la luna reflejaba todo a su paso. Al abrir de nuevo los ojos, me encontré con la sonrisa de Camila, pensé que tenía a un ángel entre mis brazos.
La brisa nocturna movía sus cabellos, que danzaban en el aire. Después de besarle sentí la necesidad de refugiarme en sus brazos. Apreté su cuerpo junto al mío.  
Había encontrado el salvavidas que me mantendría con vida durante mucho tiempo.