viernes, 9 de agosto de 2019

Capítulo III: Dos de azúcar, por favor



Keila salió de la cafetería apresurada. Quedé mirando el sitio vacío. El pastel había perdido su dulzura. Suspiré. Me había sentido atraída por ella desde el momento que nuestros ojos se cruzaron, pero el impulso de saber más de ella nació en el instante que miré su sonrisa efímera y artificial.
Relacioné sus actitudes con el comportamiento de un gato huraño, que estaba dispuesto a sacar las garras si se sentía amenazado.
Llevé el último trozo de pastel a la boca. Sonreí por la comparación, pero el gesto no duró. Sabía que era mejor alejarme, si no quería tener más decepciones.
Había aceptado hace dos años que era un imán para las personas complicadas y difíciles, todas mis parejas encajaban en ese grupo. Recordé las lágrimas que caminaron por mis mejillas en cada relación fallida; lloraba un día, al otro día me levantaba de la cama repitiéndose que no era la persona indicada. Y así fue durante cinco años, en ese vaivén de amores complicados y desamores. Comencé a creer que el problema no eran las otras personas, sino yo que esperaba un amor duradero y sobre todo fiel, la mayoría de mis rompimientos era por infidelidad.
Keila demostró que no deseaba involucrarse más conmigo. Y mi parte racional decía que debería hacer caso a las señales, pero la curiosidad y esa extraña atracción era un combustible para seguir indagando.
La lluvia había terminado y de a poco las personas que entraron a la cafetería a esperar que mejorara el clima, se fueron retirando. Llamé a la moza para pagar la cuenta.
La joven se acercó con pasos apresurados, esperando algún pedido.
La observé, era la misma joven que traté mal la última vez. Suspiré con pesadez. La conciencia me recriminaba que no debí ser grosera con ella.
―¿Cuánto es? ―pregunté.
La joven me miró confundida.
―La joven que estaba con usted ha pagado su consumo ―dijo.
Ese comportamiento era contradictorio y me dejó con muchas preguntas. Sólo le dije a la mesera que se retirara. De pronto, el último sorbo de café tuvo un sabor dulce.
***
La reacción de Milagros fue exactamente como pensé que sería: pidió explicaciones, grito un poco, y luego, cuando las suplicas no servían, me dio una cachetada y expresó lo dolida y usada que se sentía, para después abandonar el departamento con un sonoro portazo.
Me echo en el sofá de tres cuerpos, donde había estado Milagros, cubrí mis ojos con el antebrazo izquierdo, tratando de menguar el dolor de cabeza que se aproximaba.
La puerta del departamento se abrió. No miré quien era. Sólo había otra persona más que tenía las llaves.
―Vi a una jovencita en el corredor ―comentó Dana, acercándose al sofá individual―. Me miró feo. ―Su voz sonó indignada.
Sonreí, aun cubriéndome los ojos, podía imaginar el rostro de Dana con sólo oír su voz. Sus gestos seguían siendo los mismos desde la infancia.
―Ella no entendió como era el juego ―respondí, sentándome.
Miré a Dana, aún mantenía la sonrisa. Ella me miró unos segundos antes de suspirar cansada.
Me había dedicado a traer una conquista cada vez que podía. A veces esas personas se encariñaban conmigo en cuestión de horas, tal vez, por el léxico o porque les prestaba atención. En el mundo hay muchas personas que buscan ser escuchadas.
―Era muy joven ―repuso Dana, acomodándose en el sofá.
Hice un movimiento de afirmación con la cabeza.
―Me dijo que tenía veintidós ―contesté.
Dana sonrió.
La joven había mentido. No era necesario decirlo. Las jovencitas de estas nuevas generaciones eran más liberales, a diferencia las antiguas generaciones que veían a las personas mayores con cierta reticencia.
―Vamos a cenar ―dijo Dana, mirando el reloj estaba colgado en la pared de la sala―. Lucero debe estar esperándonos.
Me levanté con pereza. Las cenas entre nosotras se volvieron una actividad diaria después de salir de la universidad. Era el único momento durante el día que podía sentirse agradable.
***
Miré el borrador de la novela con cierto cansancio. La leí tres veces, y el resultado seguía siendo el mismo: una buena novela romántica, carente de romanticismo.
Las cualidades del editor siempre es ver más allá de lo que mira el escritor. Y en ese momento podía jactarme de ello. Keila era una escritora que se pulió con el tiempo en ortografía, narrativa y un sinfín de etc, que sólo se puede lograr con mucha dedicación y práctica. Pero la otra parte que se acopla a la escritura, todavía no estaba desarrollada. El sentimiento que hace vibrar al lector con cada párrafo estaba carente. Tenía dos opciones: hablar con ella para corregir esa deficiencia o dejar que terminara la novela y entregarla a la editorial. Sabía que vendería los ejemplares requeridos.
Me mordí los labios. La segunda opción era la más pacífica, estaba por dejar así el transcurso de ese libro, pero recordé la primera conversación que tuve con Keila.
«―Si ves que hay algo mal en mi trabajo, por más insignificante que sea, házmelo saber. Sería imperdonable no mejorar una actividad que me apasiona. Podré ser mediocre como ingeniera de sistemas, que estudie más que todo por tener un título. Pero ser incompetente en el único trabajo que me llena mi existencia, sería devastador―dijo Keila, con severidad.
La miré desconcertada. Las delicadas y joviales facciones se mostraban serias. Entendí la magnitud de severidad en el asunto. Y acordamos que así sería.»
La conciencia me recordó que le di mi palabra a la escritora. Unos de los principales pilares que hay entre editores y autores es la confianza. No podía traicionar un acuerdo de esa índole.
Busque en su sala la libreta de teléfonos, dispuesta a llamarla. Mientras más rápido me comunicara menos trabajo para ella, que seguro debe estar avanzando el resto del libro.
***
Estaba entretenida jugando Resident evil, que prestando atención a mi alrededor. En mi emoción de pasar el siguiente nivel, pude escuchar el repiqueo del teléfono. Hice una mueca de desagrado, podía asegurar que era Francesca. Una vez más llamada al teléfono de casa y no al celular. Pausé el juego. El trabajo era primero.
―Aló ―contesté.
Escuché con atención las palabras de Francesca. Por instantes me sentía irritada, en otras suspiraba con pesadez y al final, todo se concluyó a la misma información de siempre: los sentimientos de la protagonista se sentían vacíos.
Sentí incomodidad en el pecho. En otras ocasiones, Francisca me había dicho lo mismo. Y aunque trataba de cambiar los reflejos de la protagonista, no lo lograba. Me frustraba. Una pared invisible se había instalado ahí. La editora se comunicó por el acuerdo que teníamos, aún existía la posibilidad de mejorar la historia, pero dudaba de poder hacerlo. En ese instante me sentía insegura de mí misma.
Apagué el juego, las ganas de seguir en el ocio se desvanecieron. De pronto, el sabor ácido se instalado en el paladar y no me apetecía estar en el departamento; necesitaba hablar con alguien. La imagen de Dana pasó como un relámpago en mi mente. Sonreí. Quien mejor que ella para aconsejarme.
***
Mi mirada era tranquila, era el mejor calmante para Keila en ese momento.
―Y eso pasó. ―Terminó de relatar la conversación con Francesca, mientras disfrutaba de una taza de café recién pasado.
Suspiré cansada. Cada vez que entregaba un escrito se repetía la historia. En el fondo, no la apoyé en esa aventura. Pero cuando ella tomaba una decisión era imposible hacer que cambiara de parecer. Era demasiado terca.
―No es necesario que... ―comencé a decir, pero al ver los intensos ojos de Keila, pensé detenidamente la oportunidad que dio la editora.
Francesca, sin saber puso en la mesa una oportunidad de oro. Desde hace un tiempo deseaba que Keila tomara una relación estable, pero la rubia decía que no le apetecía, y así, seguía viviendo de forma desordenada y promiscua.
Era diferente a mí, que rara vez llevaba a alguien a mi departamento. Prefería la vida asexual, como me autoproclamaba. Eran contadas las ocasiones que buscaba las caricias de un segundo, es por eso que no entendía por qué la necesidad de Keila en tener diferentes amantes. Y a pesar de no entenderlas, sabía que al pasar el tiempo traería consecuencias negativas para ella. Las enfermedades no discriminaban.
Me mordí los labios, meditando si la decisión era correcta.
Ella me miraba curiosa, sus manos se movían inquietas mientras esperaba que terminara de hablar. Al ver que no retomaba las palabras, se aventuró a incentivarme.
―¿No es necesario qué? ―dijo Keila, impaciente.
Sonreí. La rubia nunca se caracterizó por esperar, sino por apresurada. Expliqué el punto de Francesca. La decisión estaba tomada y esperaba que sea la correcta.
―Francesca tiene razón ―retomé la apreciación―. Una escritora que escribe romance y nunca se ha enamorado, no podría entender los sentimientos de sus personajes. La experiencia podría ayudar a ser realista.
Keila me miraba pensativa. Sabía que estaba trazando una respuesta a mi sugerencia. Vi los gestos amargos rebajarse. Sonrió. Había encontrado la forma de refutar mis palabras.
―Es decir, ¿que si quiero escribir una novela de asesinato, tendría que matar a alguien para saber qué se siente?
Me tensé. Keila había razonado de una manera rápida, dejando mis palabras en el aire. Pero aún no perdía las esperanzas a la posibilidad que ella decidiera hacerme caso en esa ocasión.
―Claro que no ―Keila sonrió al escucharla―. El asesinato es diferente al amor. Hay situaciones que puedes experimentar y otras no; asesinar a alguien está en el no, el amor está en el sí. Para ti, que no tiene ni la remota idea de qué es ilusionarse, es complicado saber los efectos del enamoramiento. Francesca tiene razón, deberías conocer a personas y, tal vez, te enamorarías de alguien y así podrías entender mejor a tus personajes ―dije, dudando de mis últimas palabras.
La sonrisa superior de Keila de desvaneció. Escuchó todo a regañadientes. La situación no era agradable. El pasatiempo que amaba hacer y el temor más grande que ha tenido en sus cortos veinticinco años, se juntaron de una manera inesperada. Se recostó en el sofá.
La miraba en silencio, le daría el espacio que necesitaba. Tenía una entrevista de trabajo en menos de tres horas, estaba con el tiempo para llegar a la audición. Le dije a Keila que tendría que salir, pero podría quedarse en el departamento el tiempo que quisiera.
***
Sonreí cuando Dana habló de su audición. Le deseé suerte.
Estuve media hora más allí. Aburriéndome del silencio, decidí irme. Se me antojó comer un postre en la cafería Vlady. Recordé el último episodio en el sitio. Mi sonrisa se transformó en una carcajada al imaginar la cara desconcertada de la joven al saber que había pagado por ella.
Bajé al sótano, encendí el automóvil y tomé la ruta más corta a la cafetería. La lluvia había iniciado. Me sentí emocionada porque estaba segura que la encontraría en ahí.
***
Al abrir la puerta dejé que mis ojos azules pasearan por el lugar; mis labios mostraron un mohín de inconformidad. No estaba en la cafetería. Me acerqué a la mesa más alejada, tomé la carta, estaba antojada de probar algunos nuevos dulces mientras mantenía la esperanza que la joven apareciera.
―¿Qué desea ordenar? ―preguntó la moza.
No era la joven que siempre tomaba mi orden. Esta se ajustaba más a mis gustos.
―Una porción de torta de tres leches y un café pasado. ― Anotó y se retiró.
Miré la calle a través del ventanal. La gente trataba de cubrirse de la lluvia, mientras yo amaba de esas pequeñas gotas de agua desde que era una niña. Cuando llovía corría al patio a mirar el cielo gris, mientras que mi cara era bañada por los fragmentos de agua. Dana me decía, cuando éramos niñas, que cada vez que llovía era porque el cielo estaba triste.
―¿Tienes costumbre de pagar la factura de desconocidos? ―preguntó Camila.
Sonreí al escucharla. Enterré los recuerdos de mi infancia, y me dediqué a mirarla. Esperando que ella se sentará, y así lo hizo.
***
Quería entender qué pasaba por la mente de Keila, no es normal que la gente page facturas ni tengas detalles por extraños.
―Tal vez, depende qué tan atractiva sea la persona ―contestó.
La miré desconcertada. Se comportó como un gato arisco que no deseaba invasión a su espacio personal, y de pronto, comenzó a coquetearme. No entendí.
―¿Es divertido para ti ser frívola y luego ser coqueta?¿Deseas algo de mí? ―pregunté.
Calculé que Keila tenía más de veinte años, pero su comportamiento parecía de una adolescente de quince; inmadura, incluso insegura de sus movimientos.
Los ojos azules de Keila se mantuvieron firmes, mirándome como si analizará qué hacer.
Miré sus intenciones de irse, pero la joven mesera llegó con una bandeja, ahí estaba la orden de Keila.
***
La sugerencia de Francesca y Dana me pareció errada. Se instaló un sabor amargo en el paladar. Era mejor irme de ahí.
Disimulé mi enojo ante la llegada de la moza, tendría que quedarme. No quería demostrar a Camila que sus palabras tuvieron efecto en mí.
―No ―contesté, después de que la joven se retiraó―. Sólo pensé que podríamos conversar.
***
Observé en silencio. La sonrisa coqueta de Keila se desvaneció. Su voz sonaba distante. Una pequeña punzaba se sintió cerca de mi corazón, me alarmé. Era el primer síntoma.
―Podemos ―contesté, apresurada.
***
Me sorprendió que Camila respondiera rápido, pero volví a sonreí. Esta vez satisfecha por su impulso.
El ambiente tenso desapareció.
Miraba entretenida los gestos de Camila. Me encantaba saber que estaba siendo seducida. El plan que había trazado estaba empezando.
Tomé sus manos y las apresaba con las mías, en un gesto cariñoso.
―Me caes bien ―dije, manteniendo la mirada en Camila―. ¿Podemos ser amigas?
***
Dudé en aceptar, pero no pensaba que era mala la propuesta.
Me encontraba con Keila varias veces, algunas eran provocadas por parte mía, y el único inconveniente entre ambas eran los cambios de actitud de la rubia y mis propios temores a enamorarme.
―Sí ―contestó Camila.
El suave susurro del sí, hizo que ella sonriera encantada, sentí una pulsada de felicidad recorrer mi cuerpo.
Keila aprovecho más de mi predisposición.
―¿Podemos salir este sábado? Hay una película de terror que parece buena ―dijo Keila.
―Está bien.
Disfrutó del pequeño dulce y del café, mientras yo llamaba a la moza a hacer mi pedido.
La miré de reojo, notando sus gestos infantiles que hacía al comer. Sonreí. Me pareció tierna.
Una parte de mí estaba ansiosa por la cita del sábado y otra, atemorizada por chocar de nuevo con la misma piedra. Pero obligué a mi mente pensar que sólo era una salida de amigas.


domingo, 9 de junio de 2019

Capítulo II: Agridulce



Jugué con la consola del PlayStation3, harta de perder en el mismo nivel tiré el mando en el sofá de tres cuerpos. Me estiré como un gato y sonreí satisfecha. Amaba los días caseros, donde salir no era una exigencia y podía disfrutar de momentos banales.
El teléfono repicó varias veces en la sala. Mi rostro relajado se tensó y pensé: « es Francisca». Sentí una corriente atravesar mi cuerpo.
Francisca era mi editora, tenía que entregarle el libro ni bien lo terminara. La mujer era seria en su trabajo, en la fecha de entrega llamaba varias veces en el día hasta que le contestara. Yo era de las escritoras que demoraba en poner el punto final a la historia y eso desesperaba a Francisca, más de una vez tuvo que quedarse adormir en el cuarto de invitados para asegurarse que el trabajo estuviera a tiempo.
El teléfono no tardaría en volver a sonar. Suspiré fastidiada. No importaba las veces que le dijera a la editora que llamara a mi celular, ella terminaba llamando a mi casa. Odiaba el repique del teléfono, sólo me agradaba que sonara cuando mis conquistas nocturnas quería verme, no por trabajo.
Busqué el celular con la mirada, lo encontré en la cómoda cerca del televisor plasma que tenía en la sala. Llamé a Francisca antes que el ruido iniciara.
—Aló —contestó Francisca.
Modulé la voz para no expresar mi enojo.
—Buenos días. ¿Me llamaste a casa? —pregunté.
—Sí. Hoy es el día de la entrega del libro —replicó Francisca, con voz cantarina—. Nos vemos en la cafetería que te gusta ir.
Mi editora no esperó respuesta, ya había colgado.
Caminé arrastrando los pies hasta llegar a mi estudio. Miré el monitor de la computadora, estaba abierto en Word y todavía no ponía el punto final a la historia. Encendí la impresora y puse el papel. Lo mejor sería llevar los avances y pedir opiniones a la editora, que no sólo era su trabajo recoger el escrito, sino servir de guía en esos momentos.
***
Llegué a la puerta de la cafetería. Sentí una gota mojar mis manos al momento de agarrar la perilla. Miré al cielo. Las nubes eran grises y cargadas. Detestaba los inviernos limeños, no sólo por la humedad sino por el frío que penetraba las gruesas casacas que usaba.
Entré y busqué con la mirada a Francisca. La editora estaba sentada en la última mesa con dirección al baño, en la mesa descansaba un taza de café humeante, que disfrutaba con un pastel.
Me senté en la silla libre. Francisca me miró de reojo, esperaba que una moza se acercara a tomar mi orden.
La misma mesera que atendió a Camila y a mí se acercó. Sonreí.
***
Miraba a Keila en silencio, no era ajena sus gustos sexuales. Descubrí sus preferencias a la semana de iniciar a trabajar como su editora. Mi primera reacción fue de desagrado; segundo pensé que ella trataría de seducirme a la primera oportunidad. Todo el miedo que sentí a la posibilidad se fue por la borda, cuando Keila me dejó en claro que no sentía atracción ni deseo por mí. Pasé de perturbación a rechazo en un pestañeo, me sentí tranquila y dolida. Pensé: «¿ni siquiera a una bisexual puedo provocar?».
A mis veintiocho años sólo había tenido tres parejas, de las cuales dos me engañaron y uno murió en un accidente automovilístico. Creía que a esa edad debería estar saliendo con un buen chico trabajador, y ambos estar planificando el futuro, como una familia. Sabía que no era agraciada ni curvilínea, pero confiaba que podía encontrar un chico que me quisiera como era sin importar apariencia física.
Keila seguía sonriendo a la joven mientras miraba la carta. Muchas veces hablé con ella de mi miedo a quedarme sola. Para mí era un tema importante, mientras la escritora escuchaba atenta. A veces creía que Keila estaba reuniendo información para poder emplearlo en algún futuro personaje. Ella decía que no tenía miedo a quedarse sola, a diferencia de mí, prefería estar sola y no se mortificaba por tener una compañera, que era lo que prefería, o compañero al costado para disfrutar de la vida. Su filosofía de vida era práctico: «No hay tiempo para pensar en el futuro, se piensa en el hoy. No sabes si mañana seguirás vivo, es mejor vivir hoy.»
No quería pensar en la muerte, pero en el fondo sabía que Keila tenía razón. La ciudad se estaba volviendo insegura. Los delincuentes subían a los trasportes a asaltar con armas de fuego y podrían matarte por doscientos dólares o por una laptop. Yo aún usaba el trasporte público para llegar al trabajo y me encomendaba a Dios, al igual que la mayoría de los pasajeros, para seguir con vida un día más.
Keila estaba pidiendo más de lo acostumbrado, sólo pedía muchos postres cuando todavía no había almorzado. Los problemas alimenticios de Keila era su segundo peor defecto, el primero era llegar tarde a sus citas por la mañana.
Cerró la carta y se lo entregó a la joven. Esperé que estuviera alejada de nosotras, dejé a un lado la taza de café.
—Todavía no he terminado el libro —dijo Keila.
Al comenzar a trabajar como su editora, desde el año pasado, aprendí que ella tenía una fascinación por no cumplir las fechas de entrega.
Keila sacó de su bolsa negra un conjunto de hojas. Curvé las cejas. Era la primera vez que me traía un borrador impreso, prefería los borradores por correo. Pero supuse que lo trajo así porque le dije en una oportunidad que leo más rápido en un borrador en físico que en digital.
—¿Quieres que lo lea aquí o es para leer en casa? —dije.
—Como quieras —contestó Keila—. Hay partes que he marcado porque no estoy segura. Tampoco estoy segura de cómo tiene que terminar.
Tomé las hojas. Leí las primeras quince hojas mientras ella disfrutaba del primer pastel. Había muchas partes marcadas. Era la primera vez en todo ese tiempo que me pedía opiniones. La rutina era que leyera el escrito y le decía que tenía que cambiar y ella, a regañadientes, cambiaba los diálogos por unos más melosos. Era demasiado realista para escribir. Estaba en el grupo de escritoras que escribía porque le nacía escribir, no estudió letras como otros autores.
Guardé el borrador. Miré el reloj de pulsera que mis compañeros editores me regalaron por mi cumpleaños, marcaba dos y treinta de la tarde. Me despedí de Keila, tenía una hora llegar al departamento de la escritora Mariela.
Mariela, a diferencia de Keila, era estudiante en literatura y le encantaba presumir de ello. Tachaba, en privado, a los otros escritores que no habían estudiado de «escritorcillos de cuarta». En público saludaba a los escritorcillos como si fueran amigos de toda la vida, en especial si había prensa. Le encantaba lucir su sonrisa falsa en los medios.
Tenía a cinco escritores a cargo, no deseaba ni uno más. Cada escritor era diferente al otro, era complicado tratar con ellos por sus egos. Mariela sabía que me reunía con Keila antes de ir a su departamento, y había tacho a Keila de «rarita» y de «escritorcilla de cuarta».
Me despedí de Keila. Estaba contra el tiempo para llegar a hora indicada a mi reunión con Mariela.
***
Comí el segundo postre, podía escuchar en mi mente el reclamo de Dana por no cuidar mis horas de almuerzo y lo que comía. Me había dicho más de una vez que los dulces no me dan las vitaminas y proteínas que necesitaba.
—Disculpa, ¿puedo sentarme?
Camila estaba de pie esperando mi respuesta. Sólo moví la cabeza en afirmación, estaba ocupada con el postre.
Ella se sentó en la misma silla donde estuvo Francisca. Me arrepentí de haber pedido tres pasteles, estaba incomoda con su presencia. El primer encuentro dije información muy íntima por descuido, la castaña sabía cómo encontrarme. Miré el gran ventanal de la cafetería, estaba lloviendo. Había pasado una semana desde la primera vez que nos vimos y pensé no verla más.
Camila intercambiaba miradas entre la carta y yo, mientras la moza esperaba a que pidiera.
No levanté la mirada. Era más entretenido acribillar al pastelillo que iniciar una conversación. Las manos de Camila se movían ansiosas sobre el mantel.
―¡Qué coincidencia encontrarte aquí! ― dijo Camila, tratando de iniciar el diálogo.
La miré y sonreí cortés. Era la segunda vez que le sonreía carente de sentimientos.
―Pensé que ya no volverías por la mala atención de la semana pasada.
―Estaba cerca y comenzó a llover otra vez. No quería mojarme ―respondió Camila, sonriendo.
El pequeño plato estaba vacío, había terminado de comer el último postre. Camila también miraba el utensilio.
―Fue un gusto volver a encontrarte. Que tengas una dulce merienda ―me despedí.
Me encaminé a la caja lo más rápido que pude para pagar la deuda e irme. El automóvil estaba cerca. Tenía la necesidad de resguardarme en mi solitario departamento.
***
En la puerta de mi departamento se encontraba Milagros. Curvé los labios en un gesto de desagrado. No quería tener a una compañera que en unas horas tendrías que dar explicaciones.
La mujer de edad madura que vivía al frente de mí departamento nos veía con suspicacia. Milagros estaba incómoda que la señora cada cierto minuto saliera de su casa a mirarnos.
―Hola ―dije, sonriendo.
Milagros correspondió mi sonrisa con una de felicidad genuina. Sospeché, desde que conocí a la joven, que era mucho menor de la edad que decía tener. Su pequeño cuerpo, gestos y rostro de niña eran los signos más evidentes. La primera vez que intimidamos lo ignoré, pero viéndola sin la lujuria presente, calculé que la verdadera edad de Milagros era de dieciséis o diecisiete y no los veintidós años que decía tener. Sentí que se avecinada un dolor de cabeza si seguía pensando en el tema. Analizaba cómo deshacerme de su compañía, no quería verla más.
Una noche. Sólo eso quise de ella y al día siguiente seríamos dos extrañas. Suspiré. Iba hacer difícil que la joven entendiera qué pasó entre nosotras. Mientras más rápido comenzará, más rápido podría disfrutar de la soledad. Abrí la puerta para que Milagros entrara. Era consciente que mi vecina tenía sospechas de mí, y no me hubiera importado si la mujer no fuera una fanática religiosa, que miraba a los homosexuales como si fuéramos unos especímenes raros y monstruosos. Tener a un personaje así inmiscuyéndose en mi vida privada era hostigaste.
Milagros se sentó en el sofá más grande, esperaba ansiosa que me acercara para comenzar la diversión. Ella había estado con chicos, pero nunca se interesó en mujeres hasta el viernes pasado, donde nos conocimos en una discoteca.
La bebida, las luces multicolores, mis palabras y mi voz tranquila hicieron que Milagros, en su momento de borrachera, se aferrara a mí como un salvavidas. Su última relación la dejó desecha.
Mis dedos pálidos pasaron por mi cabellera rubia. Estaba enfrentándose a una nueva situación. Después de intimar, mis compañeros entendían que sólo era eso: sexo sin compromiso. No era necesario hablar después del acto para saber que de la misma forma que empezó, se terminaba. Los pocos amantes que pedían mi número a los pocos días entendían que no se repetiría. Las llamadas telefónicas sin responder y mi ausencia en el hogar era la mejor respuesta.
Me senté en el sofá que estaba al costado. Milagros miraba curiosa la lejanía. Al parecer pensó que era parte del juego; la indiferencia puede ser a veces seductora. Pero las siguientes palabras que dije la desconcertaron.
―Tenemos que hablar.
Milagros bajó la cabeza, pude ver sus ganas de llorar. Su salvavidas se estaba desinflando y dejando que se ahogara.

sábado, 20 de abril de 2019

Sabor a café: Capítulo I


Capítulo I

Mis dedos tecleaban rápido, faltaba poco para acabar la novela que mi editora había estado exigiendo desde hacía dos semanas. El último capítulo me costaba trabajo escribirlo, los diálogos precisos para crear la atmósfera romántica no los encontraba.
Suspiré. Mis ojos se desviaron del monitor a la ventana. La ciudad estaba siendo azotada por la lluvia, había empezado hace unas horas y con el correr del tiempo parecía que no iba a terminar pronto. Regresé mi vista a la pantalla, al documento de Word estaba abierto. El cursor de texto parpadeaba. Había estado escribiendo y borrando los últimos diálogos por más de dos horas. Nada productivo había encontrado.
Guardé el documento, apagué la computadora y me quité los lentes, me picaban los ojos, pedían un descanso, y mi mente estaba agotada. Me recosté en la silla reclinable de color negro, en la que me sentaba frente a la computadora. Cerré los ojos por algunos minutos.
Recordé que hacía tiempo no visitaba la cafetería Vlandy. Me encantaba ir a tomar una taza de café y una rebanada de pastel, cada vez que llovía. En verano, los helados estaban en su apogeo, me gustaban, pero mi afición por el café era más placentera.
Abrí los ojos y fui al dormitorio, tomé la casaca negra que descansaba en la silla, frente a la cama. La noche anterior la había puesto allí tras regresar de dejar a mi última conquista nocturna en la puerta de su casa.
Milagros, desesperada, me había pedido que la acompañara porque el toque de queda en su hogar estaba por terminar; si llegaba sola estaría en problema con sus padres. Dudé en llevarla, no quería dar explicaciones a unos desconocidos ni muchos menos comprometerme más con ella, pero al mirar sus ojos suplicantes no pude negarme. Molesta conmigo misma, tomé la casaca, bajé con ella al auto y conduje hasta la casa de Milagros.
La madre de milagros abrió la puerta, nos miraba de forma suspicaz sin decir nada, sólo nos escuchaba atenta. La forma más rápida de volver a mi departamento fue el pretexto de la hora. Los padres entendieron y dieron por terminada la charla.
—Gracias —dijo Milagros—. Me hubieran hecho un lío si llegaba sola —murmuró cuando ellos estaban alejados de nosotras.
—De nada —respondí—. No deseo que estés en problemas.
Los ojos marrones de Milagros brillaron de alegría, por unos segundos me desconcerté. El deseo de irme incrementó.
—Nos vemos. Tal vez dentro pocos días pase de nuevo a tu departamento para repetir lo de hoy —susurró.
Sonreí, pero en mi mente respondí: «Sólo fue una noche, no se repetirá. Tómalo como un lindo recuerdo». Me despedí de Milagros con un beso en la mejilla, cerca de la comisura de los labios. Subí al auto.
Llegué al departamento cansada y aburrida. El placer que obtuve del sexo quedó en el olvido en las últimas dos horas, al dejar a Milagros en su casa y con las miradas desconfiadas sus padres sobre mí. Me dispuse a dormir, si seguía pensando en ella tendría migraña.
Los recuerdos de la noche anterior solo me provocaron apresurar la salida y querer saborear la taza de café. Busqué la llave del automóvil en la mesita de noche que estaba cerca de la cama, no la encontré. Con la vista recorrí el cuarto, de pronto, recordé que lo dejé en la sala. Tomé la casaca negra y fui a la sala a tomar la llave.
***
Había pocos autos en la calle. El calor acogedor del vehículo me fascinaba, en el departamento se había malogrado la calefacción.
Me detuve en un cambio de luz. Miré a las pocas personas que caminaban en la vereda que estaba al frente, todos estaban abrigados y trataban de cubrirse de la lluvia; algunos entraban a los establecimientos a consumir y esperar que el clima cambiara.
La razón para salir de mi hogar en los días lluviosos era que la nostalgia me consumía. Prefería estar en un establecimiento lleno de gente y el bullicio de las conversaciones, que pensar en situaciones que no volverían. Retomé el camino cuando el color de la luz del semáforo volvió a verde.
***
La cafetería Vlandy estaba concurrida. Recorrí con la vista el sitio, buscando un lugar apartado para poder disfrutar de la merienda. A lo lejos encontré una mesa y me apresuré a ir ahí.
Tomé una de las dos sillas que estaba a disposición, al mismo tiempo la otra silla fue agarrada por una joven. Resoplé. Miré a la mujer con quien compartiría la mesa. Una sonrisa diminuta surcó mis labios. El rostro jovial y los ojos marrones me agradaron.
—Lo siento —dijo ella —. Si deseas puedo irme a otra mesa.
La mujer se mordió los labios. Yo estaba complacida, me su reacción.
—No se preocupe. La merienda es mejor disfrutarla de a dos —Sonreí encantada.
Esperamos la llegada de alguna mesera. Disfrutaba del silencio y miraba, disimulada, las curvas de mi compañera.
Desde corta edad comencé a mirar el cuerpo de otras mujeres. A los doce años mis ojos azules se desviaban a las publicidades donde jóvenes, con cuerpos esbeltos, promocionaban algún producto; pensé que era admiración por tener la silueta soñada por las adolescentes de mi edad.
Un año después entendí que no era admiración sino deseo. La profesora de historia hizo un paréntesis a su clase de los días jueves, para hablarnos de sexualidad, ella siendo una mujer joven no pensaba como los profesores veteranos del Santa María, creía que era mejor hablar de esos temas con tiempo, para evitar embarazos no deseados.
Y la profesora habló de un tipo de mujeres y hombres diferente. Estaba atenta porque sentía que no encajaba en las mujeres que miraban a chicos. Las nuevas palabras que se sumaron a mi diccionario fueron: bisexualidad, lesbianismo, homosexualidad y travestismo. Me reconocí en el grupo de lesbianas.
Pocos meses después de la charla, descubrí que no era lesbiana, a pesar de la atracción física que sentía por otras mujeres, sino en el grupo de bisexuales. Josué, el chico recién llegado al salón, fue el primer espécimen masculino que miré con detalle y fascinación. Sentía un hormigueo en mi interior cada vez que miraba sus ojos juguetones, pero el encanto duró poco. El rumor de que el recién llegado estaba coqueteando con la chica más popular del colegio fue el detonante para apartar mis ojos de él.
La llegada de Luciana al "5° B" de secundaria se convirtió en mi penitencia. Luciana llamó la atención de los hombres del salón, y la mía, por sus pronunciadas curvas y grandes senos. Los piropos subidos de tono incomodaban a Luciana, que en más de una ocasión iba con la chompa del colegio a comienzos del verano, aun así era víctima de los comentarios.
»Perdí las esperanzas de tener un contacto más íntimo con Luciana, pero la oportunidad llegó cuando salimos en grupo, sólo mujeres, a tomar.
»Luciana al estar embriagada se comportaba cariñosa con quien estuviera cerca. Aproveché esa información para estar lo más cerca de ella en esa tarde. Su poca resistencia al alcohol, nos obligó a retirarnos antes que las demás.
»Luciana caminaba tambaleándose. Yo me había acostumbrado a tomar desde hacía dos años, había empezado a ingerir alcohol a los catorce. Agarré a Luciana de la cintura, le ayudé a caminar con normalidad. El objetivo era no llamar la atención de un policía, si descubrían que habíamos tomado alcohol nos llevarían a la comisarían y llamarían a nuestros padres.
»—Ahora que te miro de cerca, tienes unos ojos muy bonitos—comentó Luciana, sonriendo embobada.
Miré los ojos marrones de Luciana. La embriaguez y el deseo estaban presentes. Tembló mi cuerpo al darme cuenta que esa era la oportunidad que estaba esperando.
»—¿Dónde está tu casa? —pregunté, tratando de ignorar su mirada.
Luciana no contestó, y me jaló a un callejón apartado. Apoyó su cabeza en mi hombro, su respiración era irregular. La abracé por unos segundos, pensando que se había mareado por tomar y estaba por quedarse dormida. Luciana aprovechó la cercanía de nuestros cuerpos para recorrer con sus manos mi espalda y llegar a la parte baja, donde apretó mis nalgas.
Me sobresaltó su movimiento, sólo me alejo de ella mientras escuchaba su risita traviesa. Estaba en mi límite. Tomé su mano y la llevé a un hotel cercano.
Luciana fue la chica mejor proporcionada con la que he estado y con quien tuve mi primera vez.
Mis ojos se desviaron a los pechos de la chica, que estaba impaciente a que aparezca una de las meseras de la cafería Vlandy. Se veían grandes sus senos, pero no del mismo tamaño que Luciana. Luciana a la edad de quince años podría sentirse orgullosa de ser poseedora de una talla 40.
Una de las meseras llegó a nosotras, sonrojada y apenada. Habían pasado diez minutos desde que habíamos llegado.
—El servicio se ha vuelto pésimo —dijo mi acompañante al ver a la mesera.
La mesera sólo miraba nerviosa mientras sacaba una pequeña libreta de notas para apuntar la orden. Estaba en silencio, esperando que mi compañera pidiera primero.
La chica que estaba sentada frente mío tomó la carta de mala gana, casi se la quitó a la mesera. La moza anotaba cada pedido de la malhumorada. Suspiré, mirándola.
―¿Y usted qué desea ordenar? —dijo la mesera, mirándome.
No había visto la lista de postres. Conocía la carta de memoria.
—Un café mokaccino y una rebanada de tartaleta de fresa.
La mesera anotó y se retiró. Las dos nos quedamos en silencio. Analicé la situación. La joven estaba de muy mal humor, tal vez un mal día en el trabajo o por esperar que una moza se acercara a tomar la orden, y no sabía sus preferencias sexuales. Si resultaba ser heterosexual era posible que, con el mar humor, armara un escándalo. Desistí de coquetear.
Amaba la tranquilidad y la vida sin complicaciones, prefería desistir de conquistar si podría evitar malos momentos, como en esta ocasión. De pronto, mis piernas eran acariciadas con timidez por unos zapatos. Miré a la joven que estaba sentada al frente, su rostro era tranquilo, pero la diminuta sonrisa en los labios delataba su acción.
—¿Cómo te llamas? —pregunté.
La joven me miró y se acomodó más en la silla. Se relamió los labios antes de contestar. A mis ojos fue provocativa.
—Camila —contestó y apoyó sus brazos en la mesa—. ¿Y tú?
—Keila.
La mesera se acercó tambaleándose, llevaba una bandeja con varias órdenes. Le sonreí y tomé mi orden de la bandeja, ya que estaba maniobrando con el peso. Camila la miró de mala gana y antes de poder tomar el café expreso y el pie de manzana, tomé su orden y le serví. Camila miró complacida el detalle. La moza se retiró.
—¿Siempre vienes aquí? —preguntó Camila, mirando la tartaleta de fresa.
Entendí que era más una afirmación que una pregunta. Camila dejó de mirarme y centró su atención en su propio pedido.
La lluvia todavía caía. Miré a través del gran ventanal, las calles desiertas de transeúntes y algunos que otros carros pasando, mientras llevaba la primera cucharada del postre a mis labios.
—Siempre... Sólo cuando llueve —contesté, manteniendo mi mirada en la calle. Perdida en mis recuerdos.
***
Observé la figura de Keila. La mujer era atractiva, pero en su mirada había tristeza. Suspiré. Todos teníamos un pasado que deseábamos cambiar. Yo no era la excepción.
—¿Algún recuerdo te hace venir aquí cuando llueve? —pregunté.
Los ojos de Keila me atravesaron. Estaba abstraída y pensé que no era correcto seguir inmiscuyéndose en su vida. Las dos éramos extrañas. Me mordí los labios.
—No —contestó Keila, fría. Su atención fue la tartaleta de fresa que casi no había consumido.
Descubrió que podía intuía sus miedos y a ella no le gustó saberlo. Me sonrió con encantadora y dio por terminada la charla, disponiéndose a comer.
Miré sus acciones. Sonreí con amargura al ver su sonrisa falsa y cortés, tal vez fuera el resultado de muchos años de práctica. Sentí lástima por la rubia. No dijimos nada más. Las dos comimos en silencio.