domingo, 16 de octubre de 2016

Sabor a café. Capítulo IV. Dulce tentación


Capítulo IV: Dulce tentación

Desdoblé el pequeño papel que guardé, por casi, cinco días en mi chaqueta negra. Camila, antes de irse de la cafetería, me había anotado su número celular en ese trozo de hoja.
Miré el reloj que colgaba de la pared de la sala: eran las cinco de la tarde. Llamaría a Camila y le diría que iba a su casa a recogerla a las siete. Había planeado llevarla al cine, a ver «La entidad», la  última película de terror peruana que estaba de estreno, de allí a comer, la dejaría escoger el restaurante y después… Sonreí. La noche aún sería joven y  ella podría darme las caricias pasajeras que deseaba.
El sonido de llaves se escuchó desde afuera del departamento. Dana entró, venía con ropa holgada y cómoda, me miró minuciosa, la ropa que llevaba le indicaba que estaba próxima a salir.
―¿Una cita? ―Aunque sonó a pregunta, era una afirmación.
Disfrutaba de la comodidad, más si era en la ropa. Los ajustados jeans sólo los usaba en la calle, donde me gustaba estar presentable para coquetear con la primera chica bonita que viera.
―Sí ―contesté.
Dana hizo un gesto de desagrado. Mis citas consistían en invitar a cenar a la joven de turno y, luego, llevarla a mi departamento a tener sexo.
―Que tengas una noche placentera.
Aún no le decía a Dana de mi decisión. Le conté de Camila y de mis imprevistos encuentros con ella en la cafetería.
***
Estaba aterrada. Keila mostraba una faceta desconocida. Me mordí los labios, dudando de la decisión que tomé, tal vez no fue buena idea aconsejar a Keila de conocer a alguien y entablar una relación seria. Los ojos azules, eran distintos, en ellos había un pequeño brillo especial que, podía asegurar, la rubia todavía ignoraba. Suspiré. La palabrería de Keila sobre la cita y sus metas, a conocer más ese sentimiento ajeno le daba dolor de cabeza.   
―¿Qué piensas?, Dana ―dijo Keila, había acabado su monólogo.
―Que me duele la cabeza ―contesté, sincera.
Keila esperó unos minutos a que dejará de masajearme la frente.
―¿Eso es todo? ―preguntó Keila, desanimada.
Terminé el masaje y miré las facciones de Keila. Podría mentir y decir que era buena idea, pero comenzaba a dudar que lo fuera. En ese momento, sentí que era la menos indicada para aconsejarle, pensé que Lucero podría ayudar.
―No sé qué decir. No tengo experiencia con parejas. Tal vez, Lucero pueda decirte si vas por buen camino.
Le palmé el hombro derecho, tratando de incentivar. Keila sonrió, al parecer sentía la necesidad de hablar con Lucero.
***
Mis ojos marrones brillaban en éxtasis y sonreía presuntuosa.
Keila nunca me había preguntado cómo tenía que comenzar a cortejar a una joven, con intensiones a iniciar una relación seria.
―Algún día tenía que pasar ―dije, mirando a Dana que se encogió en su sitio.
―Sólo lo hago por mis libros ―replicó Keila, cortante.
Mi sonrisa disminuyó y mis ojos marrones dejaron de brillar, busque con la mirada a Dana, se mostraba indiferente en el asunto.
―Sólo la estás usando ―sentencié, después de unos minutos.
―Se podría decir, Lucero ―contestó Keila.
La escaneé, tratando de convencerme que ella no podría ser así de cruel, pero al ver directamente sus ojos azules, la verdad golpeó fuerte. A pesar de la incomodidad que sentí, lo atribuí a su nula experiencia en el romance, quería convencerme de ello. Y lamenté la suerte de la joven que Keila había estado hablándole.
Yo estaba el pequeño y selecto grupo de personas que dan el corazón y sólo recibe engaños, de todo tipo. No conocía a Camila, pero deseaba que no cayera en los encantos de Keila, si la joven se enamorada y al no ser correspondida, porque estaba segura que Keila no lo haría, sufriría de la misma manera que yo lo hacía, al enamorarse de la persona equivocada.
―No está bien jugar con los sentimientos de los demás ―advertí enojada.
Traté de hacerla razonar, aunque dudaba que lo lograra. Keila desde corta edad era terca, no reflexionaba, y hacía lo que quería.
Volvió a mirar a Dana, traté que sus ojos se encontraran con los míos y entender qué estaba pensando. Dana era consciente que yo no apoyaría a Keila, mis principios y conceptos de amor no me lo permitían. De Dana obtuvo un simple movimiento de hombros, restándole importancia. No insistí más.
Keila se masajeaba la frente. Tal vez, tenía un dolor de cabeza.
―Olvídalo ―dijo Keila, levantándose de allí y saliendo del departamento.
Dana se quedó en su sitio, esperando a que hablara.
 ―¿En qué pensabas al traerla? ―espeté.     
Le reclame, por traer a Keila allí sabiendo sus intenciones.
Dana no contestó, sólo me miraba. Suspiré. Después de unos minutos, decidió contarme la conversación que tuvo con Keila sobre el romance y sus problemas de escritura.
***
Tomé una pastilla para el dolor de cabeza, había sido mala idea ir a hablar con Lucero. Miré el reloj de la sala, este marcaba las seis y media de la tarde. Todavía no había llamado a Camila.
Tomé el teléfono. No importaba cuantas veces repicaba ella no contestaba. Pensé que estaba enfadada.
―Son las seis y media ―dijo Camila, al contestar la llamada.
Me mordí los labios. La voz aburrida y tranquila de Camila me inquietaba.
―Lo siento, comenzó a dolerme la cabeza ―dije ―. Llamaba para avisar que iba a recogerte.
El silencio que había al otro lado del teléfono me ponía nerviosa. Camila podría cancelar la cita y todos mis planes quedarían inconclusos.
―Si te sientes enferma podemos salir el otro sábado ―La voz de Camila sonaba preocupada. Sonreí. Me sentí disculpada.     
―No, voy allá ―contesté.
Anoté la dirección que Camila me dictó. Colgué el teléfono y tomé la chaqueta de color azul marino que me regaló Lucero por mi cumpleaños, hice un gesto de molestia con los labios al recordar el incidente en su departamento.
Reconocía que estaba actuando mal, no necesitaba que alguien más me lo dijera, pero mi imperiosa necedad de saber o tratar de creer que estaba enamorada era superior. Era un experimento nuevo que me llevaba al éxtasis, incluso por unos segundos. También era consciente que terminaría aburriéndome y allí acabaría lo que tuviera con Camila.   
***
Miré incrédula a Dana, sabía del instinto maternal que tenía hacia Keila, pero me horrorizó saber qué podía hacer por ese sentimiento. No le importaba que usara a una chica con tal que lograra su objetivo, no estaba en mis costumbres de jugar con los sentimientos de alguien en beneficio propio. 
―No puedo ―le dije a Dana, levantándome del asiento―, no está entre mis reglas. No quiero saber más.
Dana no insistió en hablar sobre el asunto. Tenía mis propias normas y ella las respetaba.
―Está bien, Lucero ―asintió Dana.
Desvié la mirada. El aire en el departamento se sentía pesado. Dana sintió que era hora de irse.
Escuché el abrir y cerrar de la puerta. Dana se fue sin decir ni una palabra más. No quería saber qué pasaría con esa joven, mientas menos se involucrara sería mejor para Dana, Keila y yo.
***
Detestaba esperar, no importaba la ocasión ni la persona. Miré aburrida el control remoto que Camila me dio, antes de regresar a su cuarto y terminar de arreglarse, no encontraba un programa interesante.
No entendí por qué demoraba en salir, sólo era ponerse la ropa y nada más, eso no demoraba más de quince minutos. Camila llevaba más de cincuenta minutos encerrada. Suspiré.
El sonido de la puerta me alertó, Camila estaba por salir. Ella apareció en la puerta de sala que conecta con el resto del pequeño departamento. Su atuendo era sexy, dejándome sin aliento y apreciando la hermosura de mujer que tenía al frente mío.
Los latidos de mi corazón comenzaron a ir en aumento, como si estuviera en una carrera, agitada, sin despegar la mirada de Camila que estaba divertida por mis reacciones. Me extasiaba de ella.
―Ya podemos irnos ―dijo Camila, sonreía encantada.
No dije nada, sólo miraba a la belleza que tenía a mi lado. Por instantes me olvidé qué me orilló a estar en esa situación.
Salimos del departamento a comenzar la cita.  
***
Estaba echada en el sofá de tres cuerpos, con la luz de la sala apagada y jugueteaba, entre mis dedos, con el pequeño consolador que usé en mi nueva compañera. Miré el rostro jovial de la mujer, que tenía los pechos al aire y los ojos cerrados. Estaba durmiendo.
A diferencia de Lucero, yo no pensaba en tener relaciones cuando tuviera pareja y guardarme hasta ese momento, pero tampoco era como Keila, que buscaba un amante diferente cada vez que podía. Me reconocía como el intermedio de ambas, sólo buscaba compañera cuando mis necesidades carnales llegaban a su límite, como esa ocasión, y sólo llevaba a mi casa una mujer que compartiera mí mismo interés: sexo ocasional, sin compromisos ni obligaciones.
Con los años había aprendido que era mejor no indagar mucho en la vida de mi amante de turno.
—Dana… —murmuró la durmiente.
Los suaves movimientos de la joven hicieron que volteara a verla, ella iba a despertar pronto. Iba a comenzar la parte más incómoda: la despedida.
Estaba acostumbrada que la otra parte buscara mimos  después del sexo. Y negaba dárselos, era dar pie a que se fuera rápido.   
La joven me miró con ojos emocionados y una sonrisa ancha se extendía en sus labios; Sólo sonreí con menos intensidad.
Al verla buscando un abrazo, opté por salir de la cama y comenzar a cambiarme. La joven desvió la mirada y, con pesar, comenzó a recoger su ropa, entendía que su tiempo conmigo había terminado.
***
Había pasatiempos que acarreaba desde la niñez, entre ellos: ir a los parques de diversiones que estaba en la playa. Mis los ojos brillaban como una niña de cinco años. Miraba los dulces con adoración, compré uno para Camila y otro para mí. 
Camila saboreaba la manzana dulce como otro infante y a mí me gustó descubrir esa faceta. Podía ser adulta y niña, era pocas las mujeres que tenían ambas esencias y más que lo demostrara. Tomé la mano de Camila, en un gesto tímido, pero ella me miró divertida por la acción.     
―¡Vamos a ese juego! ―dijo Camila, sus ojos se iluminaron.
Con horror descubrí que el juego era del tipo aéreo. Me daban miedo las alturas, de sólo pensar en sentarme y balancearme en el aire, hacía que mi cuerpo temblara. 
―Camila, después de comer los dulces ―dije, agradeció haberlos comprado.
Ella miró las bancas que estaban cerca de la atracción, tomó asiento. Estaba preocupada, Camila estaba por terminar el dulce y pronto me arrastraría al juego. 
Pensé que era mejor hablarle de mi acrofobia y así evitar todo juego aéreo. Estaba reuniendo valor para expresarlo, me costaba hablar de sus miedos a alguien que estaba conociendo. Camila tomó mis manos jalándome a mi pesadilla. Miraba asustada, estaba por decirle, pero los ojos entusiasmados de Camila me  detenían, tal vez podía soportar el miedo. 
La fila era larga, pero la espera no desanimaba a Camila, que me incentivaba diciendo: «Lo bueno se hace esperar».
Respiré hondo. Miré a las personas que ya estaban disfrutando de la «bola de fuego»; había un niño de diez años, gritando que lo bajaran por el incesante movimiento. Al verlo reuní la valentía de decirle a Camila.
―Camila, no puedo subir ―Ella me miró interesada, animándome a que continuara―. Soy acrofobia.  
Ella me mirada sin entender. Suspiré. Expliqué qué era.
―Está bien. No juegos mecánicos aéreos. ―Me sonrió y salimos de la fila.
Camila miraba emocionada los otros juegos. Se acercó a  juego tiro al blanco, había pocas personas. Ella tomó mis manos, nos encaminamos hasta allí. Aún estaba avergonzaba. Fui la primera en jugar. El pequeño peluche que gané se lo di a Camila. 
Salimos riendo de los carritos chocones. Entrelazamos nuestras manos, sentí un apretón. No importaba qué tanto deseara besarle, no podía, a diferencia de las demás parejas que demostraban su afecto. Nuestro momento estaba siendo arruinado, así que fue mi turno de jalar a Camila a otro sitio, por lo menos hasta que el número de enamorados heterosexuales disminuyera.    
Me gustaba la playa cuando estaba de noche y aproveché para llevarla a la orilla. Camila contemplaba, curiosa, el camino, respirando profundo de vez en cuando, como si quiera mantener la brisa nocturna para siempre en su interior. Yo me senté muy cerca de donde morían las olas al llegar a tierra,  extendí mis manos a Camila para que se sentara al costado mío. Sonriendo así lo hizo.
―Es hermoso ―contestó Camila al ver la inmensa luna que estaba sobre sus cabezas. 
También la contemplé, mirando extasiada. El ruido de las personas era lejano. Sólo éramos Camila y yo.  
―Me gusta venir aquí, a la playa. De vez en cuando, cuando quiero pensar o deseo estar sola ―le sonreí.
Ella apoyó su cabeza en mis hombros, y  comencé a acariciar los cabellos, haciendo un sutil masaje que comenzaba a adormecerla.
―¿Siempre estás sola? ―preguntó, adormecida, mirando al oscuro mar.
Miré al mismo punto que Camila. Respiré hondo. Camila se daba cuenta más de lo que yo mostraba o, tal vez, era demasiado expresiva. Mis problemas sólo lo sabía Dana y Lucero, las dos eran mis amigas de la niñez y siempre me daban una consejo cuando lo necesitaba. No creía poder encontrar a una mujer que pudiera decifrarme. Pero allí estaba, Camila, hablando del tema con cuidado. 
―Se supone que no ―contesté―. Dana y Lucero viven en el mismo edificio que yo, un piso más abajo. Ellas son mis amigas de la infancia y primaria.
Me mostró una sonrisa amarga. Era como si mi respuesta no era sincera.
―Tener amigos de la infancia o primaria viviendo en el mismo sitio que tú, no significa que tengas compañía.
Sabía que tenía razón. Mencionar a Dana y Lucero era un escape a la respuesta real.
―No es que siempre esté sola ―repuse, seguí mirando al mar―. Me siento sola. No importa quienes me visiten, cuando ellas se van mi departamento queda en silencio. Tan muerto como una tumba. 
Camila volteó a mirarme. De nuevo se encontró con mis fríos ojos azules, la misma mirada que el primer día en la cafetería. ―¿Por qué no encuentras una pareja?
―Porque no hay nadie que me entienda ―contesté―. Sexo lo he tenido con muchas mujeres, he perdido la cuenta, pero luego de eso, que ya han tenido lo que buscaban, no les interesa saber de mis sentimientos, sólo buscan que las escuchen, pero ellas no a mí.
Camila posó sus manos en mis cabellos, haciendo el mismo masaje que le hice en la cabeza.
―Tal vez, no has encontrado a la mujer indicada.
―Tal vez, ella no llegaba aún―dije, convencida―. Sospecho que ella ya llegó.
Por primera vez, aparté los ojos del oscuro mar y la miré, intensa. Tratando de reflejar todo lo que sentía.
***
Sonreí al escuchar sus palabras. Keila estaba revelándome su alma y sus sentimientos. Y aunque pensaba que podía ser una artimaña de la rubia, deshice el pensamiento al verla a los ojos. Por primera vez desde que la conocí, vi la sinceridad y la angustia que sentía. Era como si esa mujer toda su vida hubiera vivido sin tener la comprensión de alguien, sin sentir que es ser amada. Tal vez, así era.
Sus palabras hacían que un calor agradable se extendiera por todo mi pecho, llenándome de felicidad.
***
Hablaba asustada, siempre me caractericé por ser una persona que escucha y da sus opiniones, a veces de manera cruel y fría. Así que decirle a alguien, aparte de Dana y Lucero, lo que sentía y pensaba, era nuevo para mí. Camila estaba tomando el papel que tomé, de vez en cuando, con alguna de mis conquistas. La diferencia es que el sexo no estaba incluido. Sentí que un peso se quitaba de encima. Respiré hondo. Descarté el plan que me dijo Dana, ya no tenía necesidad de él. Un regocijo recorrió mi cuerpo, como si estuviera en una maratón. Entendí qué era.
Dana, en una conversación, me mencionó cuales son los síntomas al estar enamorándose. Los recordé al mirar los ojos de Camila, sentía esa misma electricidad atravesar mi cuerpo, tal cual como me lo dijeron.
―Tal vez ―dijo Camila, sonriéndome.
No necesité más palabras. Camila y yo nos entendíamos. Me acerqué a ella. Dispuesta a darle el nuestro primer beso.

***
Estaba nerviosa, el rostro de Keila se acercaba más y más, pero al mismo tiempo estaba emocionada. La atracción que sentí por ella iba en aumento y sus palabras sólo avivaban más mis emociones.
Cerré los ojos esperando, sentí su respiración cerca de mí, esperando sentir sus labios en los míos.
***
El rostro de Camila era iluminado por la luz de la luna, dándole una apariencia angelical. Sus ojos marrones estaban ocultos durante el beso.
Cerré los ojos al sentir muy agradable el beso, suave y lento. Por primera vez no había lujuria en mis movimientos, sólo ternura, queriendo saborear por mucho tiempo el momento.
La luz de la luna reflejaba todo a su paso. Al abrir de nuevo los ojos, me encontré con la sonrisa de Camila, pensé que tenía a un ángel entre mis brazos.
La brisa nocturna movía sus cabellos, que danzaban en el aire. Después de besarle sentí la necesidad de refugiarme en sus brazos. Apreté su cuerpo junto al mío.  
Había encontrado el salvavidas que me mantendría con vida durante mucho tiempo.

martes, 4 de octubre de 2016

Sabor a café. Capítulo III: Dos de azúcar, por favor




Capítulo III: Dos de azúcar, por favor
Keila salió de la cafetería apresurada. Quedé mirando el sitio vacío. El pastel había perdido su dulzura. Suspiré. Me había sentido atraída por ella desde el momento que nuestros ojos se cruzaron, pero el impulso de saber más de ella nació en el instante que miré su sonrisa efímera y artificial. 
Relacioné sus actitudes con el comportamiento de un gato huraño, que estaba dispuesto a sacar las garras si se sentía amenazado.
Llevé el último trozo de pastel a la boca. Sonreí por la comparación, pero el gesto no duró. Sabía que era mejor alejarme, si no quería tener más decepciones.
Había aceptado hace dos años que era un imán para las personas complicadas y difíciles, todas mis parejas encajaban en ese grupo. Recordé las lágrimas que caminaron por mis mejillas en cada relación fallida; lloraba un día, al otro día me levantaba de la cama repitiéndose que no era la persona indicada. Y así fue durante cinco años, en ese vaivén de amores complicados y desamores. Comencé a creer que el problema no eran las otras personas, sino yo que esperaba un amor duradero y sobre todo fiel, la mayoría de mis rompimientos era por infidelidad.      
Keila demostró que no deseaba involucrarse más conmigo. Y mi parte racional decía que debería hacer caso a las señales, pero la curiosidad y esa extraña atracción era un combustible para seguir indagando.
La lluvia había terminado y de a poco las personas que entraron a la cafetería a esperar que mejorara el clima, se fueron retirando. Llamé a la moza para pagar la cuenta.
La joven se acercó con pasos apresurados, esperando algún pedido.
La observé, era la misma joven que traté mal la última vez. Suspiré con pesadez. La conciencia me recriminaba que no debí ser grosera con ella.
―¿Cuánto es? ―pregunté.
La joven me miró confundida.
―La joven que estaba con usted ha pagado su consumo ―dijo.
Ese comportamiento era contradictorio y me dejó con muchas preguntas. Sólo le dije a la mesera que se retirara. De pronto, el último sorbo de café tuvo un sabor dulce.
***
La reacción de Milagros fue exactamente como pensé que sería: pidió explicaciones, grito un poco, y luego, cuando las suplicas no servían, me dio una cachetada y expresó lo dolida y usada que se sentía, para después abandonar el departamento con un sonoro portazo.
Me echo en el sofá de tres cuerpos, donde había estado Milagros, cubrí mis ojos con el antebrazo izquierdo, tratando de menguar el dolor de cabeza que se aproximaba. 
La puerta del  departamento se abrió. No miré quien era. Sólo había otra persona más que tenía las llaves.
―Vi a una jovencita en el corredor ―comentó Dana, acercándose al sofá individual―. Me miró feo. ―Su voz sonó indignada.
Sonreí, aun cubriéndome los ojos, podía imaginar el rostro de Dana con sólo oír su voz. Sus gestos seguían siendo los mismos desde la infancia.
―Ella no entendió como era el juego ―respondí, sentándome.
Miré a Dana, aún mantenía la sonrisa. Ella me miró unos segundos antes de suspirar cansada.
Me había dedicado a traer una conquista cada vez que podía. A veces esas personas se encariñaban conmigo en cuestión de horas, tal vez, por el léxico o porque les prestaba atención. En el mundo hay muchas personas que buscan ser escuchadas.
―Era muy joven ―repuso Dana, acomodándose en el sofá.
Hice un movimiento de afirmación con la cabeza.
―Me dijo que tenía veintidós ―contesté.
Dana sonrió.
La joven había mentido. No era necesario decirlo. Las jovencitas de estas nuevas generaciones eran más liberales, a diferencia las antiguas generaciones que veían a las personas mayores con cierta reticencia.
―Vamos a cenar ―dijo Dana, mirando el reloj estaba colgado en la pared de la sala―. Lucero debe estar esperándonos.
Me levanté con pereza. Las cenas entre nosotras se volvieron una actividad diaria después de salir de la universidad. Era el único momento durante el día que podía sentirse agradable.  
***
Miré el borrador de la novela con cierto cansancio. La leí tres veces, y el resultado seguía siendo el mismo: una buena novela romántica, carente de romanticismo.  
Las cualidades del editor siempre es ver más allá de lo que mira el escritor. Y en ese momento podía jactarme de ello. Keila era una escritora que se pulió con el tiempo en ortografía, narrativa y un sinfín de etc, que sólo se puede lograr con mucha dedicación y práctica. Pero la otra parte que se acopla a la escritura, todavía no estaba desarrollada. El sentimiento que hace vibrar al lector con cada párrafo estaba carente. Tenía dos opciones: hablar con ella para corregir esa deficiencia o dejar que terminara la novela y entregarla a la editorial. Sabía que vendería los ejemplares requeridos.
Me mordí los labios. La segunda opción era la más pacífica, estaba por dejar así el transcurso de ese libro, pero recordé la primera conversación que tuve con Keila.  
«―Si ves que hay algo mal en mi trabajo, por más insignificante que sea, házmelo saber. Sería imperdonable no mejorar una actividad que me apasiona. Podré ser mediocre como ingeniera de sistemas, que estudie más que todo por tener un título. Pero ser incompetente en el único trabajo que me llena mi existencia, sería devastador―dijo Keila, con severidad.
La miré desconcertada. Las delicadas y joviales facciones se mostraban serias. Entendí la magnitud de severidad en el asunto. Y acordamos que así sería.»
La conciencia me recordó que le di mi palabra a la escritora. Unos de los principales pilares que hay entre editores y autores es la confianza. No podía traicionar un acuerdo de esa índole.
Busque en su sala la libreta de teléfonos, dispuesta a llamarla. Mientras más rápido me comunicara menos trabajo para ella, que seguro debe estar avanzando el resto del libro.
***
Estaba entretenida jugando Resident evil, que prestando atención a mi alrededor. En mi emoción de pasar el siguiente nivel, pude escuchar el repiqueo del teléfono. Hice una mueca de desagrado, podía asegurar que era Francesca. Una vez más llamada al teléfono de casa y no al celular. Pausé el juego. El trabajo era primero.
―Aló ―contesté.
Escuché con atención las palabras de Francesca. Por instantes me sentía irritada, en otras suspiraba con pesadez y al final, todo se concluyó a la misma información de siempre: los sentimientos de la protagonista se sentían vacíos.      
Sentí incomodidad en el pecho. En otras ocasiones, Francisca me había dicho lo mismo. Y aunque trataba de cambiar los reflejos de la protagonista, no lo lograba. Me frustraba. Una pared invisible se había instalado ahí. La editora se comunicó por el acuerdo que teníamos, aún existía la posibilidad de mejorar la historia, pero dudaba de poder hacerlo. En ese instante me sentía insegura de mí misma.
Apagué el juego, las ganas de seguir en el ocio se desvanecieron. De pronto, el sabor ácido se instalado en el paladar y no me apetecía estar en el departamento; necesitaba hablar con alguien. La imagen de Dana pasó como un relámpago en mi mente. Sonreí. Quien mejor que ella para aconsejarme.
***
Mi mirada era tranquila, era el mejor calmante para Keila en ese momento.
―Y eso pasó. ―Terminó de relatar la conversación con Francesca, mientras disfrutaba de una taza de café recién pasado.
Suspiré cansada. Cada vez que entregaba un escrito se  repetía la historia. En el fondo, no la apoyé en esa aventura. Pero cuando ella tomaba una decisión era imposible hacer que cambiara de parecer. Era demasiado terca.
―No es necesario que… ―comencé a decir, pero al ver los intensos ojos de Keila, pensé detenidamente la oportunidad que dio la editora.
Francesca, sin saber puso en la mesa una oportunidad de oro. Desde hace un tiempo deseaba que Keila tomara una relación estable, pero la rubia decía que no le apetecía, y así, seguía viviendo de forma desordenada y promiscua.
Era diferente a mí, que rara vez llevaba a alguien a mi departamento. Prefería la vida asexual, como me autoproclamaba. Eran contadas las ocasiones que buscaba las caricias de un segundo, es por eso que no entendía por qué la necesidad de Keila en tener diferentes amantes. Y a pesar de no entenderlas, sabía que al pasar el tiempo traería consecuencias negativas para ella. Las enfermedades no discriminaban.
Me mordí los labios, meditando si la decisión era correcta.
Ella me miraba curiosa, sus manos se movían inquietas mientras esperaba que terminara de hablar. Al ver que no retomaba las palabras, se aventuró a incentivarme.
―¿No es necesario qué? ―dijo Keila, impaciente.
Sonreí. La rubia nunca se caracterizó por esperar, sino por apresurada. Expliqué el punto de Francesca. La decisión estaba tomada y esperaba que sea la correcta.
―Francesca tiene razón ―retomé la apreciación―. Una escritora que escribe romance y nunca se ha enamorado, no podría entender los sentimientos de sus personajes. La experiencia podría ayudar a ser realista.
Keila me miraba pensativa. Sabía que estaba trazando una respuesta a mi sugerencia. Vi los gestos amargos rebajarse. Sonrió. Había encontrado la forma de refutar mis palabras.
―Es decir, ¿que si quiero escribir una novela de asesinato, tendría que matar a alguien para saber qué se siente?
Me tensé. Keila había razonado de una manera rápida, dejando mis palabras en el aire. Pero aún no perdía las esperanzas a la posibilidad que ella decidiera hacerme caso en esa ocasión.
―Claro que no ―Keila sonrió al escucharla―. El asesinato es diferente al amor. Hay situaciones que puedes experimentar y otras no; asesinar a alguien está en el no, el amor está en el sí. Para ti, que no tiene ni la remota idea de qué es ilusionarse, es complicado saber los efectos del enamoramiento. Francesca tiene razón, deberías conocer a personas y, tal vez, te enamorarías de alguien y así podrías entender mejor a tus personajes ―dije, dudando de mis últimas palabras.
La sonrisa superior de Keila de desvaneció. Escuchó todo a regañadientes. La situación no era agradable. El pasatiempo que amaba hacer y el temor más grande que ha tenido en sus cortos veinticinco años, se juntaron de una manera inesperada. Se recostó en el sofá.
La miraba en silencio, le daría el espacio que necesitaba. Tenía una entrevista de trabajo en menos de tres horas, estaba con el tiempo para llegar a la audición. Le dije a Keila que tendría que salir, pero podría quedarse en el departamento el tiempo que quisiera.
***
Sonreí cuando Dana habló de su audición. Le deseé suerte.
Estuve media hora más allí. Aburriéndome del silencio, decidí irme. Se me antojó comer un postre en la cafería Vlady. Recordé el último episodio en el sitio. Mi sonrisa se transformó en una carcajada al imaginar la cara desconcertada de la joven al saber que había pagado por ella.
Bajé al sótano, encendí el automóvil y tomé la ruta más corta a la cafetería. La lluvia había iniciado. Me sentí emocionada porque estaba segura que la encontraría en ahí.
***
Al abrir la puerta dejé que mis ojos azules pasearan por el lugar; mis labios mostraron un mohín de inconformidad. No estaba en la cafetería. Me acerqué a la mesa más alejada, tomé la carta, estaba antojada de probar algunos nuevos dulces mientras mantenía la esperanza que la joven apareciera.
―¿Qué desea ordenar? ―preguntó la moza.
No era la joven que siempre tomaba mi orden. Esta se ajustaba más a mis gustos.
―Una porción de torta de tres leches y un café pasado. ― Anotó y se retiró.
Miré la calle a través del ventanal. La gente trataba de cubrirse de la lluvia, mientras yo amaba de esas pequeñas gotas de agua desde que era una niña. Cuando llovía corría al patio a mirar el cielo gris, mientras que mi cara era bañada por los fragmentos de agua. Dana me decía,  cuando éramos niñas, que cada vez que llovía era porque el cielo estaba triste.
―¿Tienes costumbre de pagar la factura de desconocidos? ―preguntó Camila.
Sonreí al escucharla. Enterré los recuerdos de mi infancia, y me dediqué a mirarla. Esperando que ella se sentará, y así lo hizo.
***
Quería entender qué pasaba por la mente de Keila, no es normal que la gente page facturas ni tengas detalles por extraños.
―Tal vez, depende qué tan atractiva sea la persona ―contestó.
La miré desconcertada. Se comportó como un gato arisco que no deseaba invasión a su espacio personal, y de pronto, comenzó a coquetearme. No entendí.
―¿Es divertido para ti ser frívola y luego ser coqueta?¿Deseas algo de mí? ―pregunté.
Calculé que Keila tenía más de veinte años, pero su comportamiento parecía de una adolescente de quince; inmadura, incluso insegura de sus movimientos.
Los ojos azules de Keila se mantuvieron firmes, mirándome como si analizará qué hacer.
Miré sus intenciones de irse, pero la joven mesera llegó con una bandeja, ahí estaba la orden de Keila.   
***
La sugerencia de Francesca y Dana me pareció errada. Se instaló un sabor amargo en el paladar. Era mejor irme de ahí.
Disimulé mi enojo ante la llegada de la moza, tendría que quedarme. No quería demostrar a Camila que sus palabras tuvieron efecto en mí.
―No ―contesté, después de que la joven se retiraó―. Sólo pensé que podríamos conversar.
***
Observé en silencio. La sonrisa coqueta de Keila se desvaneció. Su voz sonaba distante. Una pequeña punzaba se sintió cerca de mi corazón, me alarmé. Era el primer síntoma.
―Podemos ―contesté, apresurada.
***
Me sorprendió que Camila respondiera rápido, pero volví a sonreí. Esta vez satisfecha por su impulso.
El ambiente tenso desapareció.
Miraba entretenida los gestos de Camila. Me encantaba saber que estaba siendo seducida. El plan que había trazado estaba empezando.
Tomé sus manos y las apresaba con las mías,  en un gesto cariñoso.
―Me caes bien ―dije, manteniendo la mirada en Camila―. ¿Podemos ser amigas?
***
Dudé en aceptar, pero no pensaba que era mala la propuesta.
Me encontraba con Keila varias veces, algunas eran provocadas por parte mía, y el único inconveniente entre ambas eran los cambios de actitud de la rubia y mis propios temores a enamorarme.
―Sí ―contestó Camila.
El suave susurro del sí, hizo que ella sonriera encantada, sentí una pulsada de felicidad recorrer mi cuerpo.
Keila aprovecho más de mi predisposición.
―¿Podemos salir este sábado? Hay una película de terror que parece buena ―dijo Keila.
―Está bien.
Disfrutó del pequeño dulce y del café, mientras yo llamaba a la moza a hacer mi pedido.
La miré  de reojo, notando sus gestos infantiles que hacía al comer. Sonreí. Me pareció tierna.

Una parte de mí estaba ansiosa por la cita del sábado y otra, atemorizada por chocar de nuevo con la misma piedra. Pero obligué a mi mente pensar que sólo era una salida de amigas.

El diario de Mirella: Día 9



Magaly al día siguiente era la de siempre, como si nunca hubiera ocurrido la proximidad sexual. En cambio yo no había podido dormir, recordaba su piel en mis manos y muchas veces imaginé que era Rosa y no Magaly quién me invitaba a tocarla.
Mi distracción me siguió todo el día. Rosa y Marco sabían que algo me pasaba, él me preguntó en el receso y terminé contándole lo ocurrido, sentía que me explotaría la cabeza sino me desahogada con alguien.
-¡Tienes qué contarme cómo hacer para ligarme a Magaly -dijo- Es cierto,  que Rosa es linda y tiene bonito cuerpo, pero  Magaly tiene a todos los chicos locos, si alguno supiera que tuviste la oportunidad de tocarla serias la envidia.
Lo miré suplicante, no quería tener a un montón de babosos hormonales haciendo preguntas sobre los pechos de Magaly, ni que Rosa se entere del incidente.
-No le diré nada a nadie, pero esta vez sí tienes que contarme cómo haces para tener a dos lindas chicas locas por ti.

No sabía qué decirle, tal vez la verdad o ser buena chica y decirle una mentora piadosa. 

El diario de Mirella: Día 8




La casa de Magaly era grande, y en ese momento sólo las dos éramos las inquilinas. Ella dijo que sus padres viajaban mucho,  y muchas veces tardaban meses en volver, pero no estaba sola ese tiempo, sino que su nana la cuidaba. La mujer era anciana y tomaba muchas siestas  en el día, como en ese momento.
Magaly había insistió en ir a su habitación, a pesar de siempre negarme. Harta de mi negativa, decidió persuadirme. Tomó mi muñeca y corrió escaleras arriba junto conmigo.
Llegue sin aire. Ella se sentó en la cama y saco un pequeño cuaderno.
—Primero hay que organizarnos —dijo mientras apuntaba.
No me sentía cómoda en ese momento.
***
Había descubierto que Magaly era muy inteligente, ella habría podido realizar la tarea por sí sola si quisiera, la media hora que dedicamos al trabajo era el comprobante.
Me dedique a mirar los detalles en su cuarto, hasta que ella me miró intensa.
—¿Pasa algo? —pregunté.
—¿Qué te gusta de una mujer? 
Su pregunta me hizo sonrojar
—Yo no…
—No lo niegues,  te he visto mirando a Rosa. La forma en como la miras es de deseo.
Me quedé mirándola. No entendía  a qué se refería con deseo. Yo  quería a Rosa y pensaba que disimulaba mi amor por ella ante el resto.
—¿Los pecho? —preguntó, aun insistente.
No sabía que contestarle ni qué buscaba con esa pregunta.
—Así que es eso —volvió a decir.
Sus manos buscaron los botones de su camisa del colegio. Sentí mi rostro arder. Ella miraba juguetona y de a poco comenzó a desabotonarlos.
Su brasier era blanco con encaje.
—Tengo que irme —dije, con torpeza.
Magaly hizo un movimiento negativo y cuando estaba por iniciar mi huida, ella me empujó a la cama y se sentó en mis caderas.
—Recién he empezado.
Ella tomó mis manos, el toque fue delicado,  y las llevo a sus pechos. Sus senos eran grandes. Incitaba a qué la toque.
—Mis senos son más grandes que los de Rosa —dijo—. Se siente bien tus manos —suspiró.
Magaly estaba guiando mis manos a tocarla. Me gustó sentir la suavidad de su piel sobre la tela. Y de pronto, mis manos no necesitaron una guía para masajear a Magaly, me había acostumbrado hacer el movimiento circular. Mi curiosidad despertó al verla suspirar, quise ver más allá de la tela de la ropa con encaje.
Jalé la ropa a los costados, dejando al descubierto los dos pechos, los pezones eran claros, una mezcla de rosado y marrón claro. Magaly sonreía divertida.
—La curiosidad mató al gato —dijo.
Ella se inclinó sobre mí. Sus pechos se movían de un lado a otro y tomó uno, llevándolo a mi boca.
Yo me sonroje.
Ella me hizo abrir la boca y metió el pezón.
—Succiona —ordenó.
Obedecía.

En un momento de su éxtasis, vi a Magaly débil y decidí que era la oportunidad para irme de allí. La empuje a la cama y salí rápido del cuarto, de la casa y si fuera posible de la vida de Magaly.