domingo, 16 de octubre de 2016

Sabor a café. Capítulo IV. Dulce tentación


Capítulo IV: Dulce tentación

Desdoblé el pequeño papel que guardé, por casi, cinco días en mi chaqueta negra. Camila, antes de irse de la cafetería, me había anotado su número celular en ese trozo de hoja.
Miré el reloj que colgaba de la pared de la sala: eran las cinco de la tarde. Llamaría a Camila y le diría que iba a su casa a recogerla a las siete. Había planeado llevarla al cine, a ver «La entidad», la  última película de terror peruana que estaba de estreno, de allí a comer, la dejaría escoger el restaurante y después… Sonreí. La noche aún sería joven y  ella podría darme las caricias pasajeras que deseaba.
El sonido de llaves se escuchó desde afuera del departamento. Dana entró, venía con ropa holgada y cómoda, me miró minuciosa, la ropa que llevaba le indicaba que estaba próxima a salir.
―¿Una cita? ―Aunque sonó a pregunta, era una afirmación.
Disfrutaba de la comodidad, más si era en la ropa. Los ajustados jeans sólo los usaba en la calle, donde me gustaba estar presentable para coquetear con la primera chica bonita que viera.
―Sí ―contesté.
Dana hizo un gesto de desagrado. Mis citas consistían en invitar a cenar a la joven de turno y, luego, llevarla a mi departamento a tener sexo.
―Que tengas una noche placentera.
Aún no le decía a Dana de mi decisión. Le conté de Camila y de mis imprevistos encuentros con ella en la cafetería.
***
Estaba aterrada. Keila mostraba una faceta desconocida. Me mordí los labios, dudando de la decisión que tomé, tal vez no fue buena idea aconsejar a Keila de conocer a alguien y entablar una relación seria. Los ojos azules, eran distintos, en ellos había un pequeño brillo especial que, podía asegurar, la rubia todavía ignoraba. Suspiré. La palabrería de Keila sobre la cita y sus metas, a conocer más ese sentimiento ajeno le daba dolor de cabeza.   
―¿Qué piensas?, Dana ―dijo Keila, había acabado su monólogo.
―Que me duele la cabeza ―contesté, sincera.
Keila esperó unos minutos a que dejará de masajearme la frente.
―¿Eso es todo? ―preguntó Keila, desanimada.
Terminé el masaje y miré las facciones de Keila. Podría mentir y decir que era buena idea, pero comenzaba a dudar que lo fuera. En ese momento, sentí que era la menos indicada para aconsejarle, pensé que Lucero podría ayudar.
―No sé qué decir. No tengo experiencia con parejas. Tal vez, Lucero pueda decirte si vas por buen camino.
Le palmé el hombro derecho, tratando de incentivar. Keila sonrió, al parecer sentía la necesidad de hablar con Lucero.
***
Mis ojos marrones brillaban en éxtasis y sonreía presuntuosa.
Keila nunca me había preguntado cómo tenía que comenzar a cortejar a una joven, con intensiones a iniciar una relación seria.
―Algún día tenía que pasar ―dije, mirando a Dana que se encogió en su sitio.
―Sólo lo hago por mis libros ―replicó Keila, cortante.
Mi sonrisa disminuyó y mis ojos marrones dejaron de brillar, busque con la mirada a Dana, se mostraba indiferente en el asunto.
―Sólo la estás usando ―sentencié, después de unos minutos.
―Se podría decir, Lucero ―contestó Keila.
La escaneé, tratando de convencerme que ella no podría ser así de cruel, pero al ver directamente sus ojos azules, la verdad golpeó fuerte. A pesar de la incomodidad que sentí, lo atribuí a su nula experiencia en el romance, quería convencerme de ello. Y lamenté la suerte de la joven que Keila había estado hablándole.
Yo estaba el pequeño y selecto grupo de personas que dan el corazón y sólo recibe engaños, de todo tipo. No conocía a Camila, pero deseaba que no cayera en los encantos de Keila, si la joven se enamorada y al no ser correspondida, porque estaba segura que Keila no lo haría, sufriría de la misma manera que yo lo hacía, al enamorarse de la persona equivocada.
―No está bien jugar con los sentimientos de los demás ―advertí enojada.
Traté de hacerla razonar, aunque dudaba que lo lograra. Keila desde corta edad era terca, no reflexionaba, y hacía lo que quería.
Volvió a mirar a Dana, traté que sus ojos se encontraran con los míos y entender qué estaba pensando. Dana era consciente que yo no apoyaría a Keila, mis principios y conceptos de amor no me lo permitían. De Dana obtuvo un simple movimiento de hombros, restándole importancia. No insistí más.
Keila se masajeaba la frente. Tal vez, tenía un dolor de cabeza.
―Olvídalo ―dijo Keila, levantándose de allí y saliendo del departamento.
Dana se quedó en su sitio, esperando a que hablara.
 ―¿En qué pensabas al traerla? ―espeté.     
Le reclame, por traer a Keila allí sabiendo sus intenciones.
Dana no contestó, sólo me miraba. Suspiré. Después de unos minutos, decidió contarme la conversación que tuvo con Keila sobre el romance y sus problemas de escritura.
***
Tomé una pastilla para el dolor de cabeza, había sido mala idea ir a hablar con Lucero. Miré el reloj de la sala, este marcaba las seis y media de la tarde. Todavía no había llamado a Camila.
Tomé el teléfono. No importaba cuantas veces repicaba ella no contestaba. Pensé que estaba enfadada.
―Son las seis y media ―dijo Camila, al contestar la llamada.
Me mordí los labios. La voz aburrida y tranquila de Camila me inquietaba.
―Lo siento, comenzó a dolerme la cabeza ―dije ―. Llamaba para avisar que iba a recogerte.
El silencio que había al otro lado del teléfono me ponía nerviosa. Camila podría cancelar la cita y todos mis planes quedarían inconclusos.
―Si te sientes enferma podemos salir el otro sábado ―La voz de Camila sonaba preocupada. Sonreí. Me sentí disculpada.     
―No, voy allá ―contesté.
Anoté la dirección que Camila me dictó. Colgué el teléfono y tomé la chaqueta de color azul marino que me regaló Lucero por mi cumpleaños, hice un gesto de molestia con los labios al recordar el incidente en su departamento.
Reconocía que estaba actuando mal, no necesitaba que alguien más me lo dijera, pero mi imperiosa necedad de saber o tratar de creer que estaba enamorada era superior. Era un experimento nuevo que me llevaba al éxtasis, incluso por unos segundos. También era consciente que terminaría aburriéndome y allí acabaría lo que tuviera con Camila.   
***
Miré incrédula a Dana, sabía del instinto maternal que tenía hacia Keila, pero me horrorizó saber qué podía hacer por ese sentimiento. No le importaba que usara a una chica con tal que lograra su objetivo, no estaba en mis costumbres de jugar con los sentimientos de alguien en beneficio propio. 
―No puedo ―le dije a Dana, levantándome del asiento―, no está entre mis reglas. No quiero saber más.
Dana no insistió en hablar sobre el asunto. Tenía mis propias normas y ella las respetaba.
―Está bien, Lucero ―asintió Dana.
Desvié la mirada. El aire en el departamento se sentía pesado. Dana sintió que era hora de irse.
Escuché el abrir y cerrar de la puerta. Dana se fue sin decir ni una palabra más. No quería saber qué pasaría con esa joven, mientas menos se involucrara sería mejor para Dana, Keila y yo.
***
Detestaba esperar, no importaba la ocasión ni la persona. Miré aburrida el control remoto que Camila me dio, antes de regresar a su cuarto y terminar de arreglarse, no encontraba un programa interesante.
No entendí por qué demoraba en salir, sólo era ponerse la ropa y nada más, eso no demoraba más de quince minutos. Camila llevaba más de cincuenta minutos encerrada. Suspiré.
El sonido de la puerta me alertó, Camila estaba por salir. Ella apareció en la puerta de sala que conecta con el resto del pequeño departamento. Su atuendo era sexy, dejándome sin aliento y apreciando la hermosura de mujer que tenía al frente mío.
Los latidos de mi corazón comenzaron a ir en aumento, como si estuviera en una carrera, agitada, sin despegar la mirada de Camila que estaba divertida por mis reacciones. Me extasiaba de ella.
―Ya podemos irnos ―dijo Camila, sonreía encantada.
No dije nada, sólo miraba a la belleza que tenía a mi lado. Por instantes me olvidé qué me orilló a estar en esa situación.
Salimos del departamento a comenzar la cita.  
***
Estaba echada en el sofá de tres cuerpos, con la luz de la sala apagada y jugueteaba, entre mis dedos, con el pequeño consolador que usé en mi nueva compañera. Miré el rostro jovial de la mujer, que tenía los pechos al aire y los ojos cerrados. Estaba durmiendo.
A diferencia de Lucero, yo no pensaba en tener relaciones cuando tuviera pareja y guardarme hasta ese momento, pero tampoco era como Keila, que buscaba un amante diferente cada vez que podía. Me reconocía como el intermedio de ambas, sólo buscaba compañera cuando mis necesidades carnales llegaban a su límite, como esa ocasión, y sólo llevaba a mi casa una mujer que compartiera mí mismo interés: sexo ocasional, sin compromisos ni obligaciones.
Con los años había aprendido que era mejor no indagar mucho en la vida de mi amante de turno.
—Dana… —murmuró la durmiente.
Los suaves movimientos de la joven hicieron que volteara a verla, ella iba a despertar pronto. Iba a comenzar la parte más incómoda: la despedida.
Estaba acostumbrada que la otra parte buscara mimos  después del sexo. Y negaba dárselos, era dar pie a que se fuera rápido.   
La joven me miró con ojos emocionados y una sonrisa ancha se extendía en sus labios; Sólo sonreí con menos intensidad.
Al verla buscando un abrazo, opté por salir de la cama y comenzar a cambiarme. La joven desvió la mirada y, con pesar, comenzó a recoger su ropa, entendía que su tiempo conmigo había terminado.
***
Había pasatiempos que acarreaba desde la niñez, entre ellos: ir a los parques de diversiones que estaba en la playa. Mis los ojos brillaban como una niña de cinco años. Miraba los dulces con adoración, compré uno para Camila y otro para mí. 
Camila saboreaba la manzana dulce como otro infante y a mí me gustó descubrir esa faceta. Podía ser adulta y niña, era pocas las mujeres que tenían ambas esencias y más que lo demostrara. Tomé la mano de Camila, en un gesto tímido, pero ella me miró divertida por la acción.     
―¡Vamos a ese juego! ―dijo Camila, sus ojos se iluminaron.
Con horror descubrí que el juego era del tipo aéreo. Me daban miedo las alturas, de sólo pensar en sentarme y balancearme en el aire, hacía que mi cuerpo temblara. 
―Camila, después de comer los dulces ―dije, agradeció haberlos comprado.
Ella miró las bancas que estaban cerca de la atracción, tomó asiento. Estaba preocupada, Camila estaba por terminar el dulce y pronto me arrastraría al juego. 
Pensé que era mejor hablarle de mi acrofobia y así evitar todo juego aéreo. Estaba reuniendo valor para expresarlo, me costaba hablar de sus miedos a alguien que estaba conociendo. Camila tomó mis manos jalándome a mi pesadilla. Miraba asustada, estaba por decirle, pero los ojos entusiasmados de Camila me  detenían, tal vez podía soportar el miedo. 
La fila era larga, pero la espera no desanimaba a Camila, que me incentivaba diciendo: «Lo bueno se hace esperar».
Respiré hondo. Miré a las personas que ya estaban disfrutando de la «bola de fuego»; había un niño de diez años, gritando que lo bajaran por el incesante movimiento. Al verlo reuní la valentía de decirle a Camila.
―Camila, no puedo subir ―Ella me miró interesada, animándome a que continuara―. Soy acrofobia.  
Ella me mirada sin entender. Suspiré. Expliqué qué era.
―Está bien. No juegos mecánicos aéreos. ―Me sonrió y salimos de la fila.
Camila miraba emocionada los otros juegos. Se acercó a  juego tiro al blanco, había pocas personas. Ella tomó mis manos, nos encaminamos hasta allí. Aún estaba avergonzaba. Fui la primera en jugar. El pequeño peluche que gané se lo di a Camila. 
Salimos riendo de los carritos chocones. Entrelazamos nuestras manos, sentí un apretón. No importaba qué tanto deseara besarle, no podía, a diferencia de las demás parejas que demostraban su afecto. Nuestro momento estaba siendo arruinado, así que fue mi turno de jalar a Camila a otro sitio, por lo menos hasta que el número de enamorados heterosexuales disminuyera.    
Me gustaba la playa cuando estaba de noche y aproveché para llevarla a la orilla. Camila contemplaba, curiosa, el camino, respirando profundo de vez en cuando, como si quiera mantener la brisa nocturna para siempre en su interior. Yo me senté muy cerca de donde morían las olas al llegar a tierra,  extendí mis manos a Camila para que se sentara al costado mío. Sonriendo así lo hizo.
―Es hermoso ―contestó Camila al ver la inmensa luna que estaba sobre sus cabezas. 
También la contemplé, mirando extasiada. El ruido de las personas era lejano. Sólo éramos Camila y yo.  
―Me gusta venir aquí, a la playa. De vez en cuando, cuando quiero pensar o deseo estar sola ―le sonreí.
Ella apoyó su cabeza en mis hombros, y  comencé a acariciar los cabellos, haciendo un sutil masaje que comenzaba a adormecerla.
―¿Siempre estás sola? ―preguntó, adormecida, mirando al oscuro mar.
Miré al mismo punto que Camila. Respiré hondo. Camila se daba cuenta más de lo que yo mostraba o, tal vez, era demasiado expresiva. Mis problemas sólo lo sabía Dana y Lucero, las dos eran mis amigas de la niñez y siempre me daban una consejo cuando lo necesitaba. No creía poder encontrar a una mujer que pudiera decifrarme. Pero allí estaba, Camila, hablando del tema con cuidado. 
―Se supone que no ―contesté―. Dana y Lucero viven en el mismo edificio que yo, un piso más abajo. Ellas son mis amigas de la infancia y primaria.
Me mostró una sonrisa amarga. Era como si mi respuesta no era sincera.
―Tener amigos de la infancia o primaria viviendo en el mismo sitio que tú, no significa que tengas compañía.
Sabía que tenía razón. Mencionar a Dana y Lucero era un escape a la respuesta real.
―No es que siempre esté sola ―repuse, seguí mirando al mar―. Me siento sola. No importa quienes me visiten, cuando ellas se van mi departamento queda en silencio. Tan muerto como una tumba. 
Camila volteó a mirarme. De nuevo se encontró con mis fríos ojos azules, la misma mirada que el primer día en la cafetería. ―¿Por qué no encuentras una pareja?
―Porque no hay nadie que me entienda ―contesté―. Sexo lo he tenido con muchas mujeres, he perdido la cuenta, pero luego de eso, que ya han tenido lo que buscaban, no les interesa saber de mis sentimientos, sólo buscan que las escuchen, pero ellas no a mí.
Camila posó sus manos en mis cabellos, haciendo el mismo masaje que le hice en la cabeza.
―Tal vez, no has encontrado a la mujer indicada.
―Tal vez, ella no llegaba aún―dije, convencida―. Sospecho que ella ya llegó.
Por primera vez, aparté los ojos del oscuro mar y la miré, intensa. Tratando de reflejar todo lo que sentía.
***
Sonreí al escuchar sus palabras. Keila estaba revelándome su alma y sus sentimientos. Y aunque pensaba que podía ser una artimaña de la rubia, deshice el pensamiento al verla a los ojos. Por primera vez desde que la conocí, vi la sinceridad y la angustia que sentía. Era como si esa mujer toda su vida hubiera vivido sin tener la comprensión de alguien, sin sentir que es ser amada. Tal vez, así era.
Sus palabras hacían que un calor agradable se extendiera por todo mi pecho, llenándome de felicidad.
***
Hablaba asustada, siempre me caractericé por ser una persona que escucha y da sus opiniones, a veces de manera cruel y fría. Así que decirle a alguien, aparte de Dana y Lucero, lo que sentía y pensaba, era nuevo para mí. Camila estaba tomando el papel que tomé, de vez en cuando, con alguna de mis conquistas. La diferencia es que el sexo no estaba incluido. Sentí que un peso se quitaba de encima. Respiré hondo. Descarté el plan que me dijo Dana, ya no tenía necesidad de él. Un regocijo recorrió mi cuerpo, como si estuviera en una maratón. Entendí qué era.
Dana, en una conversación, me mencionó cuales son los síntomas al estar enamorándose. Los recordé al mirar los ojos de Camila, sentía esa misma electricidad atravesar mi cuerpo, tal cual como me lo dijeron.
―Tal vez ―dijo Camila, sonriéndome.
No necesité más palabras. Camila y yo nos entendíamos. Me acerqué a ella. Dispuesta a darle el nuestro primer beso.

***
Estaba nerviosa, el rostro de Keila se acercaba más y más, pero al mismo tiempo estaba emocionada. La atracción que sentí por ella iba en aumento y sus palabras sólo avivaban más mis emociones.
Cerré los ojos esperando, sentí su respiración cerca de mí, esperando sentir sus labios en los míos.
***
El rostro de Camila era iluminado por la luz de la luna, dándole una apariencia angelical. Sus ojos marrones estaban ocultos durante el beso.
Cerré los ojos al sentir muy agradable el beso, suave y lento. Por primera vez no había lujuria en mis movimientos, sólo ternura, queriendo saborear por mucho tiempo el momento.
La luz de la luna reflejaba todo a su paso. Al abrir de nuevo los ojos, me encontré con la sonrisa de Camila, pensé que tenía a un ángel entre mis brazos.
La brisa nocturna movía sus cabellos, que danzaban en el aire. Después de besarle sentí la necesidad de refugiarme en sus brazos. Apreté su cuerpo junto al mío.  
Había encontrado el salvavidas que me mantendría con vida durante mucho tiempo.

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